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Jorge Humberto Decanini
Jorge Humberto Decanini
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Jorge Humberto Decanini nació en Monterrey, Nuevo León. Psicólogo, diseñador y escritor. Ha publicado cuatro novelas independientes, entre ellas El Programa GAMER (Geek Media Ediciones, 2016) http://www.elprogramagamer.com y Belial (Geek Media Ediciones, 2019) https://www.facebook.com/libro.belial/. Asimismo tiene nueve años de experiencia en blogs manejando su sitio www.nerdcast.net, donde se ha enfocado en diferentes aspectos de la cultura pop.

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31 Octubre 2020 12:04:00
Capítulo 7 – Parte 2 – La incursion del capitan Cyrus y su grupo Nubarron
—No lo sé teniente… Esto no me gusta. —Dijo Paxon con su usual tono chillón y melodramático. —Una cosa era buscarlo en el pueblo pero aquí…No creo que nos topemos con sólo un cachorro.

—Sólo sigan órdenes y hagan lo que saben hacer; obtenemos al cachorro y regresamos. —Cyrus no lo volteó a ver mientras hablaba, tampoco veía al resto de sus seguidores, miraba en silencio hacia el exterior.

El Grupo Nubarrón se encontraba resguardado en la recepción de un edificio abandonado que aún se mantenía en buenas condiciones; tomaron posesión de ese lugar en la planta baja pues el teniente Morse sugirió la necesidad de un escape inmediato en caso de ser necesario. El edificio seleccionado era un viejo complejo departamental, clásicamente decorado, desmantelado aunque aún con lo necesario para un descanso reparador; sin duda en pisos superiores el grupo hubiera encontrado mayores comodidades pero alejarse de la entrada les impediría un escape prematuro si algo así fuese pertinente. Se habían posicionado alrededor de cada pared teniendo la puerta principal siempre de frente. La Oruga estaba afuera, estacionada en la parte frontal del edificio, obligando a quien estuviese de guardia el asegurar su conservación. Tras una breve, poco apetitosa y muy escasa comida, el equipo se dispuso a descansar dejando únicamente a Cyrus, como era usual, la asignación del primer turno de guardia.

La noche comenzó tranquila, silenciosa; proporcionaba al capitán la muy rara oportunidad de relajarse, no obstante se mantenía lo bastante alerta para detectar sonidos, sombras o vibraciones en el suelo, eran estas últimas las más preocupantes pues indicaban la presencia de algún sheitan de gran tamaño por los alrededores. Cyrus ya había enfrentado a algunos de estos en el pasado, igual que a cientos de los humanoides; también era uno de los pocos seres humanos que habían visto a uno de los gigantes y salido con vida para reportar su inmenso poder a sus superiores; de hecho nadie conocía mejor a los sheitans en combate que el mismo Cyrus, quien se había mantenido luchando más tiempo que ningún otro, logrando gran conocimiento del funcionamiento de aquellas bestias. Hacía apenas cuatro meses que había conocido de primera mano el horror que genera uno de esos sheitans, hecho que le dejó una impresión que, incluso a él, lo había dejado helado. Al cerrar los ojos veía esas figuras demoníacas acercándose, rugiendo.

Cuando se acercaba la mañana y tras rotar los turnos de vigilia, era Paxon el encargado de hacer guardia, lo que no permitía al resto del equipo un buen descanso gracias a la poca confianza que sus compañeros depositaban en el cabo: Paxon ya había sido sorprendido durmiendo en su turno alguna ocasión lo cual lo había llevado a varios castigos. Paxon se encontraba somnoliento aunque todavía despierto cuando fuera sorprendido por lo que, creyó, era una sombra moviéndose en el exterior; no estaba lo bastante alerta como para identificarlo claramente a través de la ventana pero sin importar que fuera, no valía la pena arriesgarse por lo que optó por avisar a sus compañeros.

—Ehhh, amigos, despierten, por lo que más quieran, despierten ya. —Susurraba, se veía notablemente alterado, ya sea que fuera un sheitan, algún sobreviviente o un pequeño animal rondando la zona; Paxon no era el tipo de persona con la capacidad de mantener la calma en

situaciones de estrés por lo que sudaba copiosamente al mismo tiempo que miraba rápidamente a cada lado. —Hay algo afuera. —Comentó tan calladamente como pudo.

—Tranquilo. —Respondió impasible el capitán. No importaba la situación en que se encontrara su rostro jamás reflejaba indicios de tensión o ansiedad. —Cálmate y dinos: ¿qué viste?

—Vi… algo… allá afuera, está muy oscuro y no pude distinguirlo bien pero les aseguro que alguien, o algo estaba caminando por la calle. —Guardó unos instantes de silencio. —Escuchen amigos debemos irnos de aquí, esto no me gusta nada. —De esta forma, mostrando una cantidad ínfima de valor, fue que terminó de hablar, no quedaba más opción que aguardar las órdenes del capitán.

—¿Estás seguro de que viste algo, no te habrás quedado dormido otra vez hermano? —Le reprendió Duke, quien lo conocía muy bien, lo suficiente para no creer cada cosa que decía su nervioso y asustadizo amigo de borracheras.

—Claro que no hombre, estaba totalmente despierto, les aseguro que hay algo allá afuera. —Le respondió batallando para mantener bajo su tono de voz.

El equipo se encontraba en silencio tratando de escuchar cualquier tipo de ruido que les indicara la presencia de algún indeseable en la zona… Nada.

—No escucho nada. —Dijo Horn en voz muy baja. —Tal vez sería bueno que mandemos a Paxon a investigar. —Agregó sonriendo. —Amigo no digas esas cosas. —Le increpó nervioso el ofendido levantando levemente la voz, lo que ocasionó que el resto del grupo lo reprendiera en silencio.

—De nada sirve que nos quedemos aquí orinando los pantalones, capitán, ¿qué hacemos? —Fue la pregunta realizada por el segundo al mando, el teniente Morse, quien ya conocía la respuesta de Cyrus pero, por respeto, esperaba a que fuera el propio capitán quien diese la orden. Cyrus lo volteó a ver seriamente, con expresión que indicaba que, tanto él como Morse, habían estado en esa situación antes, obviamente habían salido con vida.

—Ricco, Stern, ustedes dos salgan y revisen el perímetro, no se alejen más allá de dos calles a la redonda y no hagan ningún ruido, tengan cuidado.

Fue la indicación del capitán, los soldados le obedecieron sin responder mientras Paxon se alegraba del hecho de que el chiste de Horn no lo hubiera implicado en la misión.

La ciudad no había sido seriamente dañada por ataques de sheitans pues no era muy grande, se encontraba alejada de las metrópolis y fue prontamente evacuada al inicio del cataclismo. Tiempo atrás era una urbe de, aproximadamente seiscientos mil habitantes; notoriamente más grande que el poblado más cercano, de donde los militares venían, pero no lo bastante imponente como para atraer sheitans que deambularan las carreteras en búsqueda de presas. No todo era tan positivo, se había visto afectada por el surgimiento de algunos pozos, si bien no muy grandes ni tampoco muy numerosos, de donde surgieron varias criaturas; algunas habrían de seguir en la región. La sombra que Paxon vio pudo ser la del cachorro que estaban buscando, la de su madre o, malo el caso, algún otro solitario sheitan que estuviera vagando al buscar alimento; también podría tratarse de algún sobreviviente que huyera de algún campamento destruido (lo que no era poco común) y que recorriera las ruinas en busca de comida o refugio, o también pudo ser algún animal que husmeara los alrededores. Respecto a los sobrevivientes, la mayoría de estas personas eran hombres y mujeres

honrados en busca de sobrevivir, y a quienes el Grupo Nubarrón habría brindado ayuda en un abrir y cerrar de ojos, sin embargo algunos no eran precisamente tranquilos, muchos estaban armados y abrían fuego contra cualquier objeto que se moviese, atrayendo así a cualquier criatura en la zona; por ello incluso los sobrevivientes eran catalogados como peligrosos y habían de ser manejados con cautela. Ciertamente eran ellos una mejor alternativa a enfrentar que los sheitans.
24 Octubre 2020 12:02:00
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans: Capítulo 7 – Parte 1 – La incursión del capitán Cyrus…
William F. Cyrus era una leyenda en las fuerzas armadas de su país, un soldado muy respetado, temido y admirado por todos, sólo se obedecía a sí mismo y no temía rechazar una orden o incluso realizar una acción opuesta si pensaba que era una mejor opción; dicho sea de paso usualmente su sentido común y experiencia en batalla no le fallaban por lo que solía tener razón. Pese a su temperamento dominante y actitud impulsiva, su lealtad y dedicación al país, así como a los miembros a su cargo no estaba en duda, era un hombre dispuesto a morir por la gloria de su nación o la vida de su escuadrón.

Se trataba de un hombre maduro, iniciando su quinta década de vida, la mayor parte de ella en el campo de batalla. Destacaba al ser un imponente hombre musculoso y de casi dos metros. A pesar de su edad y su tamaño,era tan fuerte que nunca se encorvaba. Su rostro estaba marcado por diversas arrugas que le daban una expresión retadora, tenía el ceño permanentemente fruncido y mirada penetrante aunque inexpresiva. Su nariz estaba un poco deformada debido a constantes ataques y torturas sufridas en los combates, sin embargo fuera de ese pequeño detalle estético estaba completo pues nunca había sufrido heridas graves que lo dejasen falto de alguna extremidad o con alguna dolencia: nunca una tortura pudo quebrarlo, nunca una bala pudo detenerlo, nunca una situación le fue imposible de solucionar. Su vestimenta era el uniforme básico del ejército local, adecuado para escenarios urbanos; su uniformelo adornaba con un abrigo color gris oscuro que lo destacaba como líder de escuadrón. Hablaba poco, sólo cuando le era necesario pero siempre con autoridad y asertividad. Su manera de expresarse demostraba que estaba acostumbrado a ser él quien marcara el camino. Cuando el capitán ordenó a su equiposalir del pueblo en busca del sheitan, sólo su segundo al mando osó oponerse, los demás, aunque asustados, lo siguieron ciegamente.

Habían pasado dos días desde que Cyrus y siete miembros más de su escuadrón salieron en dirección a la ciudad más cercana, buscando la captura de un espécimen de sheitan nunca antes visto, un cachorro; al que debían transportar vivo. La situación al dejar el poblado abandonado era más que deprimente, la carretera que lo conectaba con la ciudad se encontraba completamente desierta de vida pero repleta de vehículos abandonados y restos de pertenencias de los evacuados que habían sido dejadas atrás; todos los automóviles fueron previamente desmantelados, quedando únicamente restos de fierro y cables, esqueletos secándose al sol. Las cosas durante el camino habíantranscurrido en completa calma, los sheitans no habían llegado en gran número hasta esa zona semi-desértica, posiblemente porque no había muchas personas en primer lugar, por ello los enfrentamientos con esas criaturas en el pasado habían sido escasos; pese a ello durante todo el trayecto se abstuvieron de hablar más de lo necesario pues, aunque reinaba una pesada calma, el ruido acarreaba la posibilidad de atraer a alguna de las criaturas que, para desgracia del escuadrón, vagase por la zona; tampoco deseaban arriesgarse a ahuyentar al cachorro, en el supuesto que éste siguiera en la cercanía. Mantenían los sentidos alerta por si escuchaban algo que indicara la presencia de alguna de las bestias mientras uno de los integrantes, un hombre llamado Stern, indicaba el camino leyendo el rastro de huellas no humanas que podrían o no ser del cachorro que estaban tratando de encontrar; las huellas no hacían más que poner más nervioso al grupo pues, de no ser del cachorro, serían de algo más peligroso.

La pequeña ciudad más cercana estaba aproximadamente a cuatro horas de viaje en automóvil, a poco más de cuatrocientos kilómetros del pequeño poblado de procedencia: no hubiera sido más que un viaje corto si contasen con un coche pero, aunque tenían varios de ellos en Blossom, era riesgoso utilizarlos tan cerca del refugio pues el ruido que provocarían atraería a las bestias a la zona; por eso el camino hubo de ser hecho a pie y en silencio, empujando dificultosamente la Oruga, cuyo motor, por regla general, estaba apagado la mayor parte del tiempo, lo que no facilitó el viaje. El camino más corto a pie evadía la mayor parte de las carreteras y acortaba el trayecto a casi la mitad, dejando la zona de destino a sólo doscientos kilómetros de distancia. Le tomó al equipo casi dos días el llegar a allá, tiempo en que estuvieron en constante riesgo de un ataque furtivo, ya sea al avanzar en relativo silencio por los caminos abandonados o al descansar al aire libre. Para cuando llegaron a su destino en lo único que el escuadrón pensaba era en encontrar un sitio para descansar, acción que fue la inmediata a tomar.

Además del capitán Cyrus y tras la ausencia del soldado Velásquez, el escuadrón se conformaba de otros siete integrantes, casi todos de amplia experiencia y notable trayectoria en la milicia. El escuadrón, llamado de forma casual “Grupo Nubarrón” (debido a la similitud del apellido del capitán Cyrus con las nubes cirrus), era uno de los más experimentados que había en Blossom; formaba parte de las fuerzas encargadas de cumplir con diversas misiones tales como rescate, defensa de las cercanías en caso de algún ataque o escoltar a elementos VIP en sus constantes viajes entre Blossom y otros campamentos; en ocasiones estos grupos también cumplían misiones especiales enfocadas en obtener algún recurso o material con fines científicos, tal era la misión actual.

El Grupo Nubarrón había sido conformado hacía apenas un par de meses, tras la llegada de Cyrus a Blossom, quien seleccionó personalmente a todos los integrantes de su escuadrón. Todos los elementos en su equipo habían sido sacados del combate dentro de las ciudades con el objetivo de reorganizarse para una estrategia más efectiva y, mientras tal estrategia se desarrollaba, se les había encargado completar algunas tareas de relativa importancia que no pusieran en riesgo las vidas de elementos tan aptos pues serían necesarios más adelante.

El de menor rango era el cabo Paxon, un nervioso recluta que no era muy respetado por sus compañeros; tenía la personalidad de un perro chihuahua pues era ruidoso y molestaba a quien tuviera la desgracia de hacer equipo con él, sin embargo era un buen soldado, consagrado piloto y poseía conocimientos de ingeniería que serían de inmensa utilidad si la Oruga necesitara reparaciones. Paxon tenía treinta años de edad, de estatura promedio, cabello marrón y muy corto, caucásico, de grandes, saltones y torpes ojos; su característica principal era una notoria separación en los dientes incisivos superiores así como una pequeña barba tipo “soul patch ” y su prominente frente. Otro de ellos era Duke, su inseparable amigo de borracheras y golpizas. Un hombre de color, cercano a los cuarenta años, fuerte aunque un poco pasado de peso, completamente calvo y de ojos como de rana, grandes y gruesos labios que sobresalían de su rostro así como una actitud sumamente amenazante; irónicamente también era el médico del grupo. Alguna ocasión, mientras se encontraba en una borrachera junto a Paxon, aseguró haber matado un sheitan con sus propias manos, estrangulándolo con su gran fuerza, lo que no era creído por nadie. “Horn ” era de origen apache, de ahí su apodo. Tenía el cabello negro, lacio y largo, generalmente acomodado en una trenza; ojos sumamente negros, piel del color de la canela y cubierta de tatuajes tribales, era también aficionado al ejercicio por lo que se encontraba en una extraordinaria forma; debido a su origen se esperaría una gran conexión con la naturaleza y conocimiento de artes místicas, sin embargo el verdadero nombre de “Horn” era Sebastián y había crecido en una importante ciudad dentro del seno de una familia adinerada por lo que la conexión con sus antepasados y el conocimiento místico se quedaba en su larga y negra trenza; no obstante si algún compañero del grupo necesitaba saber dónde comprar un buen cappuccino, “Horn” era el experto.

Junto a la soldado Velásquez, Tallman era la otra integrante femenina del grupo; una mujer a la mitad de sus veintes, de baja estatura, finas facciones y cabello rojo muy corto; pecosa, muy delgada aunque de anchas caderas; de agradable apariencia famosa a causa de su mal carácter, lo que se conjugaba con que no se le daba bien el seguir órdenes, excepción hecha de las de Cyrus a quien seguía sin preguntar. El teniente Morse era el segundo al mando, con poco más de dos metros de estatura, era literalmente un gran hombre, uno que había servido previamente a las órdenes del capitán, fungiendo desde hace años como su brazo derecho. Estaba por dar término a su quinta década de vida, habiendo dedicado dos tercios de ella al servicio de su país; de mayor estatura que el propio Cyrus, fornido, pesado e irónicamenteposeedor de un rostro de bebé; su piel era sumamente tersa y acumulaba un poco de grasa en las mejillas, lo que aunado a su escaso y blanco cabello, a su apariencia afectuosa y a su complexión robusta, realmente le hacía ver como un bebé gigante.

El sargento Ricco era el más nuevo y uno de los más destacados elementos en el escuadrón, aunque más que por sus logros en combate, por sus “conquistas amorosas”, clamaba tener entre sus “conquistadas” a Velásquez, quien ya alguna ocasión lo acuchillara en un brazo debido a sus insoportables insinuaciones y comentarios, hecho que les costó a ambos algún período en detención. Era un hombre de color, de poco más de treinta años, del tipo delgado-musculoso que parece que no retiene un gramo de grasa en su cuerpo; de cabello negro aunque gustaba de afeitarlo y quedaba totalmente rapado; era adepto a dejarse un poco de barba incipiente que enmarcaba su sonrisa afectuosa. De elevada estatura aunque al lado de Cyrus se le veía pequeño; su personalidad era sumamente llevadera, agradable y de gran simpatía, no sería más que por su obsesión por las mujeres la razón de queja hacia él. Aseguraba que su nombre de pila era Nico y lo rimaba con su apellido de forma obscena, moviendo las caderas al mismo tiempo que hacía una rima de mal gusto; su característica más peculiar eran sus cálidos ojos de color verde oliva, atípicos en alguien de su raza y que lo destacaban entre sus congéneres (y que definitivamente le ayudaban mucho con las chicas). Finalmente el ya mencionado Stern cerraba el grupo, siendo el miembro más joven con sólo veintidós años y el cualera un fornido muchacho de baja estatura, origen judío, cabello negro rizado que llevaba en peinado “mullet ”, barbilla partida y ojos hundidos; su personalidad era, según sus compañeros, tan grande como la de una piedra, era raro que hablase, lo que le daba una apariencia más madura que la edad que tenía.

—¿Alguien tiene hambre? —Comentó Paxon en voz baja pues aún no habían tenido tiempo de explorar la zona y temía atraer indeseables; si bien usualmente era indisciplinado, su impertinencia no llegaba al extremo de arriesgar su vida. —Me comería un sheitan si lo viera. —Se contestó a sí mismo al no recibir respuesta de sus compañeros.

—Coman todos y descansen, ya conocen la rutina, guardias cada hora durante seis horas, nos moveremos al amanecer; mantengan la charla al mínimo y no se distraigan. —Ordenó el capitán, o al menos así lo escucharon los demás pues no importaban las palabras que Cyrus dijera, éstas siempre sonaban a órdenes; posiblemente no supiera hablar de otra forma ya que, incluso en esas pocas ocasiones cuando trataba de ser amable con algún civil o sensible con algún camarada herido, sus palabras eran duras, frías y llenas de autoridad.

—¿De verdad es tan importante esto del cachorro? No puedo creer que no les baste con los que les hemos llevado antes. —Volvió a preguntar Paxon; puede que sólo él formulara la pregunta pero era algo que todos deseaban saber, no era sensato el salir de una zona segura como el viejo pueblo, más aún cuando no había pasado tanto tiempo desde que llevaron los últimos especímenes.

Cyrus guardó silencio unos instantes y observó directamente a Morse, con quien había charlado durante el camino y a quien le había explicado mayores detalles sobre su misión. Su fría mirada le indicaba que estaba en libertad de responder. —¿Prefiere capturar uno adulto con vida y llevarlo tranquilamente hasta el campamento, cabo?

Ganar esta guerra no dependía únicamente del tiempo que pudiesen sobrevivir, necesitaban matar al enemigo. Al ser los sheitans una criatura desconocida para la humanidad (algunos decían que se trataba de criaturas legendarias o bíblicas), los primeros embates les habían afectado mayormente a causa del desconocimiento que tenían de ellos: ¿Estaban vivos o eran realmente demonios del infierno? ¿Cómo se les podía matar? ¿Se comían a sus presas? Preguntas que diariamente eran respondidas gracias a investigaciones alrededor del mundo, investigaciones que, por supuesto, dependían fuertemente de estudiar a los sheitans en sí mismos por lo que la captura de estas criaturas no era algo tan extraordinario o inusual; por otro lado la mayoría de los especímenes eran capturados muertos o severamente heridos, casi nunca completos y, lógicamente, nada funcionales; se conocía muy poco sobre su desarrollo y tendencias, sobre qué los activaba o instaba a atacar, de sus movimientos instintivos, de su tiempo natural de vida. Tampoco se habían visto cachorros pero se tenía la certeza de su existencia. Esta criatura a la que daban caza resultó un feliz accidente, los “drones” que vigilaban el poblado colindante con Blossom captaron a un sheitan muy pequeño que seguía a otro, probablemente su madre, en muy malas condiciones; ambos estaban aparentemente indefensos por lo que era el mejor momento para capturar a un sheitan de estas características y ver cómo éste evoluciona.

26 Septiembre 2020 01:21:00
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans: Capítulo 6 – Parte 3 – Una táctica inusual
El impertinente desconocido tomó nuevamente el controlador del proyector y accionó una presentación que ya tenía precargada

—¡Pero si son tonterías! —Expuso nuevamente el iracundo líder militar. —¡Nos está tratando de decir que un montón de niños obesos y torpes serán la salvación de la humanidad sólo porque saben jugar con sus dedos? ¿En qué se basa para proponer semejante barbaridad?

—En primer lugar… Señor Presidente… No estamos hablando de niños, la edad promedio de los video jugadores en nuestro país es de 34 años1, tampoco están en mala condición física como usted afirma, son como cualquier otra persona de su edad, con características acordes a su raza, estrato social y una capacidad físico-atlética que depende de otros factores más que los de su afición a los juegos de video; todos ellos pueden fortalecerse tan bien como cualquier otra persona que reciba un entrenamiento adecuado. Físicamente hablamos de sujetos como cualquiera allá arriba, lo que los diferencia del común denominador es su cerebro y es lo que les da ventaja en nuestra situación. Por otro lado, tampoco he dicho que dichas personas sean la salvación de la humanidad, simplemente dije que ellos ya tienen una preparación previa que puede sernos de gran ayuda. ¿Necesita datos duros? Los tengo, caballeros, por favor presten atención.

El impertinente desconocido tomó nuevamente el controlador del proyector y accionó una presentación que ya tenía precargada, se le veía complacido por tener la oportunidad de exponer más sobre su investigación, no todos los días podía figurar ante personajes tan ilustres como los que tenía frente a sí y quería disfrutar de cada instante de esa atención.

—A mediados de la década de los 90 el doctor Higginbotham, mi socio y yo realizamos un estudio en una de las bases militares de nuestro país en el extranjero, revisábamos el desarrollo de las aptitudes de un grupo de militares sobresalientes durante la guerra en oriente medio. Tras revisar sus expedientes y platicar directamente con ellos, descubrimos que la mayoría había mantenido cierto grado de afición hacia los juegos de video durante su infancia.

—¡Eso no dice nada!

—Así que eso se siente ser interrumpido… —Sonrió cínicamente el impertinente desconocido. —Disculpe señor Presidente, aún no he terminado. Como decía, viendo el paralelismo con el proyecto que décadas atrás el doctor Higginbotham comenzara, seleccionamos de aquel grupo a aquellos que habían argumentado una mayor afición al entretenimiento electrónico para situarlos en un contexto simulado en donde compitieran contra la otra parte de sus compañeros que no tenía gran afición a dicho entretenimiento.

—E imagino que el resultado fue apabullante. —Dijo con sarcasmo el iracundo presidente.

—De hecho no pudimos finalizar el experimento debido a que nuestro querido mentor, el doctor Higginbotham, falleció antes de comenzar el trabajo de campo y las “credenciales” de mi colega y mías no eran suficientes como para mantener los permisos y facilidades que se nos habían otorgado.

—¡Qué conveniente!

—Éramos optimistas, sí, la muerte de Higginbotham representó un duro golpe para nuestra investigación pero no nos rendimos. Un par de años después logramos obtener datos muy

interesantes acerca de los registros militares de varios países, mismos que estoy por compartirles. Y añadió cínicamente. —Por favor, mantengan la compostura, estos datos no se supone que debiéramos tenerlos…

La pantalla arrojó diferentes cifras que indicaban la cantidad de elementos militares con que contaban varias naciones, muchas de las cuales de los líderes presentes, quienes se sintieron molestos al ver que más información secreta habían sido filtrada a agentes extranjeros.

—Estos son los datos de algunos de los ejércitos más importantes de aquellos años. Como pueden ver no es ninguna sorpresa que ciertos países, famosos por su “iniciativa militar”, son también aquellos con el mayor número de elementos en activo. Esta otra tabla indica una estadística más interesante, es el cociente de efectividad que pudimos obtener de las evaluaciones en el accionar de cada fuerza militar; estos datos se obtuvieron de formas un tanto… clandestinas, sin embargo estoy seguro que ustedes mejor que nadie podrán corroborar que son totalmente ciertas. Esas evaluaciones registraron tanto el accionar real en batalla como en los entrenamientos y simulacros. Como pueden observar los países con mayor puntaje son también los que tienen la mayor cantidad de elementos registrados. —Cambió nuevamente la pantalla. —Lo que ven en este momento son los datos obtenidos por diferentes encuestas acerca del entretenimiento y ocio de los jóvenes, los cuales hemos promediado y comparado, los países con un mayor número de elementos militares son también aquellos donde el entretenimiento electrónico ha reportado mayores ventas, del mismo modo son esos países los que alcanzaron los cocientes de efectividad más elevados en las llamadas “artes de la guerra”. Así, en resumen, los países con los ejércitos más eficaces en el mundo son también los que tienen una mayor cantidad de elementos militares, países que son, a su vez, los mayores consumidores de videojuegos en el planeta. ¿Coincidencia?

Antes de escuchar la respuesta, la cual anticipaba que sería iracunda a causa de tal violación del secreto nacional, el desconocido impertinente continuó.

—Lo que habíamos descubierto hasta ese momento nos indicaba dos factores, en primer lugar que los países donde más se jugaban videojuegos “llamaban” a más de sus habitantes a enlistarse. En segundo lugar que esos mismos países tenían entre sus filas a elementos de mayor capacidad que aquellas naciones en donde el entretenimiento electrónico era menos popular; estábamos muy emocionados. —El desconocido impertinente se frotaba las manos, sus ojos centelleaban con excitación. Continuó.

—Pocos años después sucedió aquella tragedia ya de sobra conocida en una universidad de nuestro país, un par de jóvenes masacraron a sus compañeros y maestros en un ataque de ira descontrolada; un evento por demás triste. Entre otras cosas, las investigaciones e indagaciones de los elementos de seguridad respecto a dicho incidente arrojaron que ambos chicos tenían predilección por los juegos de guerra. Otros sucesos menos mediáticos aunque igual de lamentables concordaban en ese mismo tenor. Mi asociado y yo entonces nos dimos a la tarea de realizar una investigación más detallada acerca de los efectos indeseados del Proyecto Higginbotham; entrevistamos a familiares, amigos y conocidos de diferentes jóvenes que habían incurrido en actos violentos de distinta índole y gravedad. Nuevamente los resultados indicaban una inclinación de los individuos de estudio hacia los videojuegos violentos. Lo que más nos sorprendió fue la facilidad con la que varios de esos sujetos llevaron a cabo sus

agresiones; pudimos constatar que esos chicos, totalmente comunes y sin ningún tipo de preparación especial, tuvieron la capacidad de manejar armamento de calidad militar y ocasionar destrozos como si tuvieran años de práctica. Las conclusiones no llegaron sin culpa; nuestro proyecto podía tener un efecto adverso en personalidades trastornadas; ciertos sujetos respondían de una forma exagerada hacia los estímulos y al reforzamiento que nuestro proyecto les otorgaba, llegando a borrar las líneas entre lo correcto e incorrecto. Fue algo lamentable que casi destruye nuestro trabajo. —Y continuó.

—Pero hubo algo positivo de todo eso, tiempo después y gracias a los sucesos cometidos en aquella universidad, se nos permitió desarrollar un experimento en un centro militar que tenía la cualidad de recibir el mayor número de nuevos reclutas en el país. El objetivo era explorar la relevancia de los juegos de video violentos en la intencionalidad de ingresar a las fuerzas armadas. Decidimos ir un paso más allá y, en vez de limitarnos a las motivaciones, estudiamos el desempeño global de los jóvenes. Esta vez retomamos la idea del experimento inicial y separamos a los grupos en dos, uno de adeptos a los juegos de video, integrado por todo aquel que aseguró en la entrevista que era aficionado a ese entretenimiento; por otro lado aquellos que no mencionaron a los videojuegos o quienes aseguraron que no les gustaban. Así integramos dos grupos balanceados, ambos comenzando desde cero su instrucción, en buena condición física y recibiendo exactamente el mismo tipo de entrenamiento. Compitieron en diversas actividades y el resultado fue claro, aquellos que jugaban tuvieron en promedio 25% más victorias, sus reacciones eran más rápidas, sus elecciones más acertadas y actuaban de manera más eficaz en las batallas simuladas a las que les hicimos participar.


05 Septiembre 2020 02:30:00
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans: Capítulo 6 – Parte 1 – Una táctica inusual
En Blossom los días y noches desde el inicio del Apocalipsis eran todos iguales, la población se levantaba muy temprano para cumplir sus obligaciones asignadas, los mercaderes plantaban sus tendajos con el fin de enriquecerse a costa de la desgracia ajena, mientras que niños y jóvenes eran enviados a pequeños colegios improvisados donde pudieran mantener la mayor normalidad posible y prepararse para un futuro incierto; el modelo educativo se había modernizado por lo que, adicionalmente a matemáticas, historia y demás materias tradicionales, ahora enseñaban también tácticas de supervivencia, y diversos métodos para no ser detectados por las criaturas. Organizacionalmente las autoridades buscaban mantener a la máquina trabajando como antes, mientras que la guardia de seguridad y fuerzas policíacas realizaban sus rondas, con las que pretendían mantener el orden que, como se ha dicho antes, hasta ahora estaba de manifiesto.

La población general pasaba sus días con perpetuo temor hacia las criaturas que sabían estaban ahí afuera, y con la tranquilidad que la cotidianidad permite dar a cualquier situación sin importar cuán desesperada ésta sea. Lejos del conocimiento general estaban los sucesos que ocurrían bajo tierra, en la zona de mayor seguridad del campamento, una que no era del todo conocida por los pobladores más que por rumores; el sitio donde el verdadero gobierno se encontraba.

El complejo de construcciones, caminos e instalaciones que era conocido popularmente como Blossom, sólo era la superficie visible y pública de algo que se construyó con una finalidad algo menos altruista. Bajo tierra, a 300 metros profundidad y abarcando más de la totalidad del área visible que componía el campamento, existía un búnker con capacidad para controlar un país completo. En su interior se encontraban albergados líderes mundiales, dirigentes, militares y personal esencial para el correcto funcionamiento del campamento y de la táctica de defensa. Era un lugar con la más alta tecnología disponible hasta el momento en que el fin del mundo puso un alto a la industria, única parte en que el uso de la electricidad no se encontraba racionado; en su construcción, como en la del resto de los campamentos modernos, participaron todas las naciones aliadas por lo que el territorio era oficialmente considerado como neutral y no como parte del país que lo albergara. Aquellos que estaban seguros dentro del búnker eran quienes controlaban lo que sucedía no sólo en la superficie de Blossom sino en todo el mundo; eran ellos quienes pondrían en marcha las acciones que podrían llevar a la humanidad a su salvación o acelerarla a su exterminio.

Al interior del búnker, como se le llamaba a la base subterránea, en una de las muchas salas de juntas, amueblada lujosamente con sillones de piel y pisos de mármol, protegida con un impresionante cerco de seguridad, era donde algunos líderes mundiales aliados se habían reunido; el objetivo: planear una vez más una táctica de contraataque que lograse eliminar o hacer retroceder a las profundidades a las criaturas agresoras y mejorar las expectativas de supervivencia de la raza humana.

—Cinco que nuestras ciudades principales ya cayeron completamente en mi país, murieron más de diez millones de habitantes. —Comentó alterado uno de los hombres que se encontraba sentado ante la enorme mesa de juntas, bebiendo un fino café en una carísima taza

con decorados de oro, resguardado, al igual que el resto de aquellos privilegiados, por dos agentes connacionales, elegantemente vestidos. Aunque a estas alturas los títulos políticos servían de poco en el exterior, dentro del búnker a todos se les llamaba Señor Presidente; a pesar de su estatus de VIP, estos hombres y mujeres no eran diferentes de los que estaban arriba; igual que sus conciudadanos y el resto de los sobrevivientes, sin importar origen, raza o condición social, su semblante era triste, desencajado; y todos los participantes en la reunión tenían esa misma expresión de angustia, ninguno sabía realmente qué debía hacer o cómo era preciso reaccionar, sin embargo trataban de fingir una entereza que se veía falsa a cien metros de distancia.

—Tenemos a nuestras fuerzas armadas dispersas dentro del territorio nacional, enfocados en labores de rescate, estoy seguro que podemos reunir a la mayoría, si nos coordinamos podemos retomar las ciudades una por una. —Comentó otra persona que aunque por dentro no era muy diferente al primero, su actitud era agresiva y altanera, lo que hacía para tratar de esconder su gran miedo; después de todo, una apariencia fuerte era lo único que le quedaba y no sería él quien sería enviado a una muerte segura en combate. Sus palabras fueron secundadas por un buen número de sus iguales al mismo tiempo que observaba gloriosamente hacia la bandera de su nación, la cual adornaba la sala junto a la del resto de los países del mundo.

—¿Aún tenemos todos los aquí presentes la capacidad de respuesta suficiente para una empresa como la que usted propone? —Preguntó quién, para niveles prácticos, fungía como el Primer Ministro de Blossom. Se trataba del Presidente del país donde el refugio se encontraba, hecho que inconscientemente le daba una cierta autoridad por sobre los demás; por su parte él trataba de ser cauto con sus palabras; una guerra interna por no llegar a un acuerdo entre todos los dirigentes sería más peligrosa que los monstruos de afuera y se convertiría en el puntapié final a la existencia humana. Este hombre había sido el hombre más poderoso del mundo antes del Apocalipsis y hoy en día mantenía algo de aquella autoridad al ser su nación, su gente, la encargada del mantenimiento y control del más importante sistema de defensa en el mundo. Pese a que el búnker y todo Blossom fuese considerado como un área neutral, en realidad la última palabra iba a ser la suya, por lo que, además de ser lo más cercano a considerarse líder en el lugar, también el peso del destino de la humanidad recaía sobre su espalda. El hombre, sin embargo, era inteligente y sabía mucho más de lo que decía, cuidándose siempre de dar a conocer información antes de tiempo o de formularse una decisión sin conocer la totalidad de los detalles; era la persona indicada para el puesto.

Apenas terminó de formular su pregunta uno de sus contrapartes, de amplia trayectoria militar, se apresuró a contestar con la energía característica de los hombres de armas. —Señor Presidente, puede usted estar seguro que tenemos las armas y los hombres suficientes para una ofensiva, si todos nosotros unimos nuestras fuerzas armadas podemos sin duda ganar esta guerra; las criaturas ahí afuera pueden morir tal y como cualquier otra, lo hemos visto, su mismo capitán Cyrus ha matado ya a varios de ellos y con suficiente poder de ataque nosotros…

—… ¡NO SERVIRÍA DE NADA!

Un desconocido impertinente interrumpió el monólogo de una de las personas más

poderosas y, antiguamente, más peligrosas del mundo, una acción a la que sólo Cyrus, el propio Presidente local y, al parecer, esta persona desconocida, se atreverían a realizar. El desconocido impertinente se había mantenido en silencio desde el inicio de la reunión; no era líder de ningún país, su complexión débil y modales finos, aunque indiscretos, permitían notar que tampoco era militar, se podía percibir por su voz y forma de hablar que era ciudadano del país anfitrión, hecho que se constataba por su acento sureño.

—No serviría de nada. —Repitió a menor volumen sin dejar de observar a su Presidente. Sus ojos casi no parpadeaban, sus manos las tenía en completa calma y no se le veía ni una gota de sudor en la frente, en otras palabras el individuo estaba en completo control de sus emociones, ausente en apariencia de miedo, hecho que hacía que todos le prestasen la máxima atención. Fuera del capitán Cyrus nadie había visto en meses a una persona que no mostrase temor en sus ojos o cuya voz se quebrase al hablar, una persona como esta se sabría hacer escuchar en una situación como la que se estaba viviendo. —Nuestro país está actualmente como mucho a un 60% de potencia militar y esa cifra cae a cada momento, sabemos que a sus países les va mucho peor.

La información referente a la mala condición militar en otras naciones era cierta, cada integrante de la reunión creía ser el único con datos precisos acerca de sus fuerzas armadas y todos habían optado por guardar su debilidad nacional en secreto; esperando que sus contrapartes cubrieran sin darse cuenta sus deficiencias, no obstante durante el Apocalipsis los secretos no tardan mucho en revelarse; tras algunos instantes de incómodo silencio, sólo el tiempo necesario para recuperarse de la impresión de que sus datos, antiguamente confidenciales, fueran conocidos por un extraño, otro de los “poderosos” participantes añadió:

—Podríamos mandar a las armas a la población de los refugios, tenemos a millones de personas capaces en todo el mundo. Todo aquel que pueda sostener un arma será enviado inmediatamente a combatir, todos tendrán que…

Un fuerte golpe sobre la fina mesa de caoba sirvió para interrumpir nuevamente el soliloquio, su causante fue el mismo desconocido impertinente de hace unos instantes. Pese a que la mayor parte de la concurrencia no tenía idea de quién se trataba, todos reconocían que habría de ser alguien de gran importancia para tener permitida la entrada a una reunión como la que se estaba produciendo en esos momentos. Este sujeto que aún no daba a conocer su nombre (hecho que estaría próximo a llegar) fue quien había interrumpido al predicador en la superficie de Blossom, sólo unas pocas horas antes del comienzo de esta tertulia; aparentemente a esta persona no le gustaba escuchar hablar a los demás.

El sonido resultante de las acciones del desconocido impertinente ocasionó un gran malestar en casi todos los “poderosos” hombres, malestar que era notorio en las miradas hostiles de quienes veían sobrepasada su maltrecha autoridad. De entre todos los asistentes, había, además del Presidente local, uno más que no se inmutó, sentado con timidez al lado del desconocido impertinente, de avanzada edad, mirada gacha y facciones bonachonas. Sólo éste y el Presidente parecían conocer la identidad del desconocido.

—Únicamente lograría extinguir nuestra especie mucho más rápido de lo que ya lo están haciendo. —Comentó sin mostrar ningún tipo de nerviosismo ante tan retadora respuesta. —¿O ya olvidó el Gran Error? Según recuerdo señor Presidente, fue usted uno de los principales

impulsores de la primera medida de represalia… Caballeros, —dijo sin permitir al iracundo mandatario responder aquella acusación y cambiando a un sarcástico tono conciliador, —entiendan que reinstaurar la Leva no serviría de nada, la gente en los refugios no sabe pelear, no importa qué armas llevaran, no durarían tres días ahí afuera, no ante esas criaturas. —Sus palabras, dichas con gran seguridad, además de un marcado y visible menosprecio por su interlocutor, fueron suficiente para dejar en silencio al resto de los “poderosos” hombres que integraban la junta.

Como nadie se atrevía a discutir abiertamente los comentarios del desconocido, éste decidió continuar su diálogo. —Mi equipo y yo hemos hecho algunos cálculos que creemos son bastante precisos; basándonos en las muertes de soldados en todo el mundo que diariamente nos son reportadas al búnker, y que he de añadir son obviamente falseadas por ustedes, en aproximadamente dieciocho meses ya no tendremos en todo el planeta a un sólo soldado más para combatir… Mis señores, ese es el tiempo que nos queda antes de perder completamente nuestra capacidad de respuesta y perdiéndola no podremos retomar nuestra antigua vida; no habrá más por hacer que esperar que los sheitans nos encuentren y… bueno, ustedes saben bien que sucede después.

La frase “sólo dieciocho meses” tuvo el efecto de un explosivo en la moral de los presentes, el semblante de muchos de ellos se oscureció aún más, a otros les hirvió la sangre; aquel Presidente que fuese peligroso en sus días antes del apocalipsis (ese al que primero interrumpió), sumamente enardecido, levantó la voz, apretó los puños y escupió indiscriminadamente mientras pronunciaba cada palabra. —¡Dieciocho meses es tiempo suficiente para entrenar a los sobrevivientes, CARAJO, podríamos entrenarlos en tres meses nada más!

Una oleada de comentarios se abalanzó contra el desconocido impertinente, la gran mayoría de los participantes concordaba con el iracundo Presidente, tres meses serían suficientes para adiestrar a los sobrevivientes en cada campo de refugiados, ni se diga lo que se podría lograr en dieciocho. Los líderes mundiales y altos mandos de los varios ejércitos presentes en la reunión comenzaban a tomar parte en contra del solitario desconocido que perdía credibilidad con cada alarido rumiante. Eran sólo el Presidente local y el otro sujeto misterioso, los únicos en guardar silencio mientras el desconocido impertinente simplemente sonreía y, cosa poco usual, escuchaba atentamente los argumentos de sus opositores.

El Presidente local tomó la palabra en busca de tranquilizar los ánimos, el control comenzaba a perderse y las ansias de venganza contra las criaturas nublaban la mente de los, ya vengativos por naturaleza, participantes. Tras calmar la situación decidió guardar silencio al ver que el desconocido impertinente estaba por responder.

22 Agosto 2020 01:15:00
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans: Capítulo 5 – Horror y supervivencia
No en todo el mundo se vivía el apocalipsis de la misma manera que en Blossom. En los campamentos más pequeños, especialmente en aquellos que no contaban con una ubicación privilegiada, los ataques constantes de bestias mantenían la estabilidad social y emocional pendiendo de un hilo que cada vez se hacía más y más delgado.

A medio camino entre la capital y los restos de lo que fuera una vez la ciudad más famosa del mundo; aparentemente perdida y olvidada se encontraba una pequeñísima aldea rural; un pedazo de tierra que el progreso ignoró, lugar donde no se acostumbraba recibir la señal de internet, en donde incluso la energía eléctrica era un lujo. Una zona anteriormente detestada, habitada en su mayoría por unas pocas decenas de familias dedicadas a la agricultura, familias compuestas mayormente por viejos y niños, pues los adultos jóvenes hacía mucho la habían abandonado para dirigirse a un futuro mejor en alguna ciudad que les permitiera desarrollar todo su potencial, ignorantes en su viaje que eso les acarrearía la muerte.

La aldea contaba con pocas casitas blancas, muy sencillas; con el techos a dos aguas y el diseño típico del país, todas construidas en madera, con grandes ventanas para recibir mejor la luz natural, y mucho, mucho espacio para cultivar.

Anteriormente rústica y olvidada, la aldea ahora lucía diferente de lo que los pocos que lograron volver a ella recordaban; se había levantado una enorme cerca de malla ciclónica que rodeaba prácticamente toda la aldea, a la que se había cubierto de maleza, hojas secas y ramas para ocultarla lo mejor posible de la vista. Las zonas que, por su situación geográfica o por falta de materiales, no habían podido ser cubiertas por el enrejado, tenían amontonados viejos vehículos de agricultura que servían de conexión entre cada borde de la nueva reja, a éstos también se les habían colocado ramas y hojas, aunque por la forma irregular de tales objetos fuera imposible darle una apariencia orgánica.

Bajo el resguardo del nuevo, aunque humilde, cercado, la aldea estaba lejos de ser olvidada, centenares de personas se apretaban en las casas y muchas más se agrupaban en roídas carpas que habían sido levantadas en las zonas destinadas a la siembra. Todos cargaban mochilas que apenas y podían cerrarse de lo repletas que estaban, llevaban ropa, cobijas, alimentos, agua; y nadie deseaba separarse de sus pertenencias. Los padres instruían a sus pequeños hijos a aferrarse a sus cosas con fuerza, las familias se mantenían juntas y cualquier separación, por pequeña que ésta fuese, ocasionaba una angustia tremenda.

Los rostros de los nuevos habitantes de la aldea reflejaban miedo, tristeza; muchos habían dejado atrás a familiares y amigos, sus pertenencias, sus tesoros. Una cantidad impresionante de los refugiados vestía ropas que, aunque sucias, rasgadas y manchadas de sangre, eran carísimas, impropias de una aldea como en la que se encontraban; además del miedo en sus caras expresaban asombro, no estaban acostumbrados a una vida así, claramente no eran provenientes de la aldea.

Había niños que corrían de un lado a otro, no todos tenían padres que los estuvieran protegiendo; varios perros, la mayoría pequeños, correteaban tras ellos y forcejeaban por trozos de comida. Pequeños grupos se organizaban detrás de enormes mesas desde donde repartían alimentos y bebidas; tras ellos asaban con leña, usando parrillas, leños, fierros o cualquier

instrumento que encontraran a la mano, pedazos de carne de diferentes animales. Pequeñas fogatas hervían agua que contenía verduras para cocinar caldos; condimentaban con mesura, pues no tenían muchas especias; todo era repartido mediante largas filas mal organizadas.

Aunque podría parecer un agradable festival medieval, la presencia de elementos uniformados cambiaba esa percepción rápidamente. Entre las personas ahí refugiadas se podían encontrar numerosos soldados y policías que portaban sus armas a sus espaldas. Había decenas de vehículos del ejército de los que subían y bajaban feroces y fornidos hombres, de seria expresión, prominentes barbillas y labios apretados. Trataban de mantener el orden lo mejor que podían; en un sitio separaban a los participantes de una trifulca, en otro escoltaban a una niña que lloraba al no encontrar a su mamá. Distribuían suministros que guardaban dentro de enormes y pesadas cajas, las cuales llevaban a los centros de acopio, donde eran categorizados y derivados a diversas zonas donde se les daría uso.

—¡No se amontonen! —Gritaba un hombre en uniforme que se aseguraba que nadie se formara dos veces en la fila.

Se escuchó el ruido de un motor, era el de un autobús estacionado entre las rejas y que servía como puerta móvil; usualmente eso significaba que más gente estaría ingresando al refugio. Una caravana de camionetas militares ingresaba, estaban repletas de personas que viajaban en las cajas. Las personas sangraban, lloraban; estaban tan cubiertos de sangre que era imposible distinguir de dónde esa sustancia habría emergido.

Una a una las camionetas ingresaban a la aldea, un policía, con trabajos e imprecaciones, conseguía movilizar a los refugiados para hacerle espacio a todos los vehículos. Una vez estacionados, su carga descendió y, en pocos minutos, el atestado refugio se llenó aún más.

—No puede ser que lleguen más, ¿acaso el gobierno no tiene a dónde llevar a esa gentuza?

—¿Qué no ven que ya somos muchos?

—Van a lograr que nos maten a todos.

Cada que una caravana llegaba con nuevos refugiados, quienes ya estaban tiempo atrás se molestaban y expresaban su descontento confrontando a los soldados. Irónicamente los recién llegados se unían a los demás habitantes en su sentir y reclamos al momento en que arribaba a la aldea el siguiente grupo de personas.

—¡Muévanse, muévanse, busquen un lugar donde acomodarse, dense prisa! —Les gritaban los policías y militares a los nuevos refugiados, quienes bajaban de las camionetas asustados por lo precario de su situación actual.

—¿Qué novedades hay afuera?

No siempre los recién llegados se topaban con la hostilidad de sus nuevos compañeros, algunos ansiaban la llegada de nueva gente que pudiese traer información adicional acerca de lo que estaba ocurriendo en otras partes.

—Se suponía que nuestro refugio era seguro; nos movilizaron de emergencia, no sé qué ocurrió.

—No funcionan las cercas de las ciudades, —añadió otro. —Esos monstruos están escapando, es demasiado espacio para cubrir.

Tuvo que callarse cuando un soldado malencarado pasó cerca de donde charlaban, la sociedad civil tenía prohibido tratar temas de táctica militar, ello con el fin de no malinformar y

evitar causar pánico. No importaba cuan cautas fuesen las autoridades, la información salía a la luz eventualmente.

—¡Apaguen las fogatas, tienen diez minutos!

Comenzaba a anochecer, los refugiados tenían prohibido tener actividades una vez que se pusiera el sol; si bien estaban lejos de las ciudades, no pretendían llamar la atención de cualquier demonio que vagase solitario las carreteras. Presurosos finalizaron las actividades culinarias, extinguieron el fuego con cubetas de agua sucia, el agua limpia era muy preciada para gastarla en tal función; los adultos movilizaron a los pequeños que seguían jugando y todos se apretujaron dentro de las casas y carpas que estaban a su disposición. Ahora tenían menos espacio.

No muy lejos un helicóptero había divisado un pozo de sheitans, estaba vacío, ninguna criatura rondaba el lugar, nada salía ni entraba. Pero la simple presencia de dicha cavidad era suficiente para poner de nervios a la población, quienes sabían que algo sucedía cuando notaban los rostros preocupados de los soldados que debían protegerlos, o cuando llegaba un cargamento de municiones; y la última camioneta de la caravana transportaba muchísimas cajas de municiones.

No podían saberlo con exactitud, pero la mayor parte de los pozos se formaban en las ciudades, quizá la presión que las urbes ejercían sobre el suelo causara vibraciones que eran detectadas por los sheitans, quienes finalmente eran atraídos hacia las zonas más pobladas. Pero ocasionalmente se formaban esos pozos en lugares donde no habitaba gente, eran pocos pero preocupantes; el último pozo no estaba hace una semana, lo que fuera que saliera de allí no habría de estar lejos.

Este peligro externo se combinaba con su equivalente interno. Al no contar con la protección natural de otros campos mejor organizados, combinado con la falta de recursos o comodidades, se generaban constantes conflictos y luchas de poder entre los refugiados. Este hecho, especialmente cuando se mezclaba con la proximidad de las bestias, forzaba a los habitantes a migrar hacia otras zonas seguras, ya fuera porque la situación era insostenible o porque la probabilidad de un ataque era ya muy grande.

El procedimiento de evacuación estándar consistía en la formación de caravanas (tanto vehiculares como a pie) para, a continuación, tomar el rumbo que sus dirigentes locales les eligieran, cargando los pobladores sólo aquellos bienes indispensables para su supervivencia durante el largo y peligroso camino. No obstante, no todas las evacuaciones eran organizadas, las fugas clandestinas eran una constante pese a que estaban prohibidas, pues la trayectoria de los migrantes podría atraer bestias que vagaran por los alrededores, lo que pondría en riesgo al resto de la población. Era por esto que las autoridades preferían organizar evacuaciones planeadas a través de rutas previamente identificadas como seguras.

—¿No hemos recibido la llamada?

—Nada aún.

—Maldita sea, quisiera estar en ese Blossom, aquí no vamos a durar mucho tiempo más.

La llamada de la que hablaban era la orden de evacuación; una vez identificado el pozo los dirigentes, resguardados cómodamente en el campamento de refugiados más avanzado del planeta, evaluaban el costo-beneficio de realizar una evacuación. Si el riesgo de ataque era

inminente movilizaban a sus ciudadanos hacia otra locación más adecuada, sin embargo la mayor parte de las veces preferían tener esa opción como la última alternativa; la migración de grandes cantidades de personas, como las que habitaban los refugios organizados, acarreaba riesgos tremendos de ataque y la posibilidad de llevar criaturas que rastreen la movilización directo a un refugio seguro. El retraso en tomar una decisión podría tener consecuencias desastrosas.

Si los habitantes de la aldea estaban a disgusto, desconocían que bien podrían estar mucho peor. Si bien los campos de refugiados oficiales podrían estar atestados y brindar una calidad de vida poco mejor que deplorable, al ser reconocidos por el gobierno recibían suministros y apoyo militar tan frecuente como fuese posible. Eso no podía decirse de los campamentos clandestinos, construidos lejos de la mirada vigilante de las autoridades y carentes del apoyo gubernamental, por más básico que éste fuera.

Dentro de las ciudades, al menos de las que no tuvieron la desgracia de ser bombardeadas por sus propios líderes; aún quedaban personas varadas en ellas. Todos los días enfrentaban a la muerte cara a cara, todos los días debían ver a sus seres queridos morir en sus brazos debido a las heridas, a infecciones, al hambre. No era su culpa, realmente no era culpa de nadie; era imposible evacuarlos a todos y muchísima gente se quedó atrás, sirviendo de alimento a los demonios en todo el planeta.

Aquella pobre gente hacía todo lo que podía para sobrevivir, algunos se encerraban dentro de sus casas, otros buscaban agruparse con otros sobrevivientes en sitios públicos como centros comerciales, escuelas o estacionamientos. Pero su mundo se hacía cada vez más pequeño, no sólo los sheitans se movilizaban por todo el territorio sino que, diariamente, más demonios emergían de los pozos. Los incendios que provocaban se salían de control y forzaban a los sobrevivientes a cambiar de ubicación; dicho sea que pocos alcanzaban a hacerlo, la mayoría fallecía calcinada, intoxicada o devorada por las criaturas.

Con excepción de las tres ciudades que sufrieron los ataques nucleares, las cuales habían sido pobremente cercadas, en el resto de las urbes se libraban batallas diariamente entre ejércitos de todo el mundo y los sheitans, incluso éstos últimos en ocasiones combatían entre sí por razones que sólo se podía especular como instintivas. Los ejércitos tenían dos directivas: matar sheitans y rescatar sobrevivientes; y en ambas estaban fracasando. Aunque estas bestias eran seres vivos, por lo que podían ser aniquiladas utilizando una cantidad impresionante de municiones de alto calibre, matarlas resultaba una tarea altamente compleja con las armas con que el ejército contaba. Cada día se perdían más y más vidas, tanto civiles como militares, la tentativa de defensa no estaba funcionando.

Los combates en las urbes eran frecuentes y podían durar semanas si los sheitans se agrupaban en grandes cantidades; los soldados debían pasar noches completas combatiendo por lo que estaban exhaustos, pero los sheitans parecían inagotables e infinitos; no importaba a cuántos de ellos mataran, más bestias aparecían transcurridas unas pocas horas. Con el pasar de los días no se lograba recuperar una sola ciudad, no podían declarar ninguna urbe como segura y los altos mandos estaban furiosos ante la falta de resultados.

Se instalaron centros de comando en la periferia de las ciudades, incluso algunos elementos valientes se atrevieron a apostarse al interior de las mismas, camuflados entre los escombros;

aquellos situados en los alrededores servían como punto de encuentro con cualquier criatura que intentase salir de la zona urbana. Desde ahí los militares encargados del ataque y defensa se organizaban para un día más en el infierno en la tierra, un día que seguramente sería el último para muchos de ellos. La realidad era que el cauce de las batallas no estaba rindiendo frutos y, mientras que las municiones y armas continuaban existiendo en abundancia, lo que comenzaba a escasear eran las personas que habrían de portarlas.
01 Agosto 2020 02:27:00
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans: Capítulo 4 – Parte 1 – Una comunidad que florece
Las palabras del impertinente desconocido cayeron como una bomba en el ánimo de la concurrencia, quienes ya habían tenido demasiado soportando estos seis meses de miedo, incertidumbre y hacinamiento. Para ellos la esperanza de supervivencia no se había terminado pues conforme pasaban los días y no había noticias de cambios notables sentían que quizá “ellos” ya se hubieran marchado. La idea de que sólo les quedasen dieciocho meses más de vida era algo que no esperaban ni deseaban escuchar en aquel momento.

El predicador hizo un ademán de responderle al impertinente desconocido mas sus intenciones se vieron diluidas cuando aquella persona se marchó sin decir otra palabra y sin siquiera voltear a verlo, dejando a la muchedumbre estupefacta a sus espaldas. El extraño entonces se dirigió hacia un vehículo militar estacionado a algunos metros de distancia del grupo. Al ver la concurrencia el tipo de transporte que el sujeto abordó, las palabras de éste adquirieron un peso mucho mayor y aquellos que inicialmente le habían tildado de desquiciado cambiaron de opinión; los oyentes comenzaron a retirarse despacio y cabizbajos. El predicador hacía todo lo posible por cambiar el ambiente y recuperar la atención de su congregación pero el daño estaba hecho, el fuerte comentario venía de alguien que probablemente sabía cosas que el resto no. Tras abordar el vehículo en la parte trasera, el desconocido y sus acompañantes, mismos que nunca bajaron del auto, se marcharon en dirección del Centro de Gobierno.

El campo de refugiados, denominado Blossom1, se encontraba ubicado en la costa oeste del país, a casi trescientos sesenta kilómetros de una de las metrópolis más grandes y reconocidas del mundo, la cual fuera antes del fin del mundo insignia de las artes y el espectáculo. Blossom se encontraba a buen resguardo, protegido por un fuerte operativo militar y ubicado lejos de las grandes ciudades. En él se encontraba a salvo más de medio millón de sobrevivientes, muchos de ellos familias distinguidas e influyentes, oportunamente evacuadas de sus viviendas en ciudades y poblaciones cercanas. Junto al resto de la población civil, eran protegidos por un nutrido grupo de policías, militares, paramédicos y personal esencial para la supervivencia de la mayoría de los habitantes.

A primera vista el panorama daba la impresión de ser un poblado montañés pero la cantidad de personas hacinadas en un espacio como ese era todo menos campirano. A diferencia de la estética usual del ambiente post-apocalíptico en los medios de entretenimiento, el espacio estaba mayormente limpio, la gente se mantenía tranquila, organizada y trataba de continuar sus vidas de la forma más normal posible. Existía mucho miedo, podía verse en los ojos de los refugiados o escucharse en los comentarios que realizaban entre ellos; no eran raros los casos de suicidio o eventos aislados en que algún individuo perdiese el control y tuviera que ser contenido por las fuerzas de seguridad; afortunadamente las autoridades cumplían bien su trabajo de mantener el orden.

Aunque aparentemente tranquilos, la angustia era notable en todos aquellos que trataban de vivir el día a día con normalidad. La vida ahí adentro no era tan diferente de lo que se

encontraba en los tiempos pre-apocalipsis (aunque llamarle a la situación apocalipsis era una frase que la mayoría trataba de evitar); aquellos refugiados en buenas condiciones de salud debían realizar trabajos y servicios en beneficio del buen funcionamiento de su hogar temporal. Las autoridades asignaban esas labores de acuerdo a las capacidades y talentos que los sobrevivientes poseían, de ese modo carpinteros, electricistas, mecánicos y demás profesionales del trabajo manual eran los amos y señores de la sociedad, vistos con respeto por todos aquellos que utilizaban frecuentemente sus servicios; mientras que pintores, artistas, abogados, si bien aún lograban hacerse de utilidad ocasionalmente, no eran socialmente considerados “héroes” por lo que muchos talentosos escultores y eficientes contadores hubieron de aprender nuevas artes para hacerse valer.

Por órdenes del gobierno, el comercio se mantenía funcionando, aquellos sobrevivientes que podían producir artículos de utilidad con los medios disponibles o bien, que habían logrado rescatar sus propiedades de valor antes de evacuar, levantaban sencillos pero funcionales tendajos desde donde esperaban obtener riquezas de las que disfrutarían “cuando todo esto termine”.

Con el objetivo de mantener la esperanza e implantar en el inconsciente colectivo la imagen de una vida post-apocalipsis en donde las cosas serían como antes, así como para infundir la idea de una victoria de la humanidad y su civilización, el gobierno local, refugiado en Blossom, que era el campamento más grande y mejor protegido de la zona norte del continente, alentaba el uso del papel moneda, asegurando que su valor se mantendría en el futuro y que se aplicarían castigos severos a aquellos que aprovechasen la desgracia ajena para enriquecerse. Los comerciantes aceptaban ofrecer sus productos por dinero tradicional, no obstante los costos eran tan elevados que la mayoría prefería hacer trueques, siendo éstos de gran temor para los dirigentes que verían colapsado su sistema económico, y con él, posiblemente la civilidad y organización hasta entonces conocidas.

El constante estado anímico desairado y el miedo a la muerte no habían disminuido el gusto por las actividades recreativas, más bien éstas se habían incrementado, posiblemente de forma inconsciente para evadir los estados de ansiedad provocados por el apocalipsis o bien a causa de la pérdida de pudor ocasionada por verse próximos a la muerte. El deporte seguía siendo uno de los métodos preferidos para dejar salir un poco de estrés; del mismo modo no era inusual encontrar reuniones y parrilladas colectivas o toparse con bares atestados de personas que buscaban olvidar sus miedos con alcohol (muy caro debido a su escasez). Se había incrementado el interés por el romance; de acuerdo con algunos psicólogos que tenían sus agendas llenas a causa de diferentes casos de histeria, depresión y paranoia, el miedo a una muerte próxima desinhibía a las personas, quienes instintivamente buscaban pasar momentos más placenteros sin considerar riesgos actuales ni hacer planes a futuro; por ello el control de la natalidad era una gran preocupación en Blossom pues no sabían cuánto tiempo habrían de permanecer ahí, ya fuera sólo un año más o… cientos.

Gracias a que la energía eléctrica era estable (aunque racionada), aspectos como el cine, la música y los videojuegos no habían desaparecido, sin embargo estas formas de entretenimiento no estaban permitidas de manera privada sino que se debían organizar en áreas públicas que permitieran el acceso a grandes cantidades de personas, pues de ese modo la energía se

racionaba y mantenía por períodos prolongados.

Tal cantidad de personas no convivían juntas todo el tiempo, se había separado a la población en bloques coloniales de extensión territorial determinada, asignados por orden de llegada. De este modo cada bloque tenía su propio administrador (a quien por fuerza de la costumbre llamaban alcalde) y su propia fuerza de seguridad. Con este tipo de organización si la situación se hiciera más larga de lo previsto sería más sencillo mantener el control al encargarse de solucionar conflictos en localidades en vez de lidiar con toda la población completa.

Blossom se encontraba rodeado por una cordillera montañosa que formaba una especie de muralla alrededor del asentamiento, vista desde arriba daría la impresión de haber sido construida en el centro de un cráter gigante. Un enorme y espeso bosque habitaba las faldas del extremo sur de las montañas circundantes mientras que un pequeño poblado rural, ya abandonado, colindaba con éste, sirviendo como punto de referencia para encontrar el camino al interior del refugio. El área ofrecía una gran variedad de plantas y animales; alrededor de la zona boscosa se podían encontrar árboles frutales que regalaban abundantes suministros de manzanas, uvas, bayas y nueces; la tierra era fértil para su cultivo por lo que, tanto dentro de los límites del campamento como en algunas zonas externas a las que se acudía con gran cuidado, los sobrevivientes se encargaban de sembrar tubérculos, frutas y verduras. Así Blossom y sus pobladores se encontraban preparados en el supuesto de que su estancia se hiciese más prolongada de lo estimado originalmente.

Afortunadamente para todos los refugiados, la naturaleza les regalaba amorosamente protección y alimento suficiente; dentro de las cavernas que servían de acceso y barrera para acceder a Blossom, se podían encontrar murciélagos y una extensa variedad de insectos y alimañas. A lo largo de las montañas vivían cabras de monte, una gran variedad de aves, leones de montaña y zorros. En la zona boscosa abundaban osos, ardillas, mapaches, zorros y conejos, por lo que había recursos para mucho tiempo.

La ganadería se había establecido dentro del refugio con el fin de impedir el consumo excesivo de los recursos naturales de la zona. Para esto se rescataban animales de granja y más de ellos eran enviados al campamento provenientes de otros o eran encontrados en los valles. Aunque medio millón de personas podría sin problemas acabar con la diversidad de flora y fauna, la organización de los dirigentes había logrado mantener un balance adecuado y a la vez necesario, pues conservar una apariencia externa natural era fundamental para permanecer ocultos de la vista de los sheitans, a quienes los civiles les llamaban simplemente criaturas, aunque otros acertadamente les decían demonios.

La combinación de la cordillera con el bosque, montañas, cuevas, ríos y lagos era como si la naturaleza se estuviera encargando de proteger a los afortunados albergados ahí, Blossom era, para fines teológicos, un sitio bendecido, un Jardín del Edén, un paraíso.

Los refugiados no entendían cómo fue posible tener listos lugares de emergencia como éste, de tamaño gigantesco y con instalaciones eléctricas, de agua y drenaje, al momento del primer contacto con las criaturas. La realidad era que años atrás los gobiernos aliados se habían preparado para un evento catastrófico. Antes del apocalipsis era noticia común en los medios de comunicación la filtración de protocolos para emergencias de las más variadas como amenazas del tipo biológico, desastres naturales, colisiones de asteroides e incluso por la

posibilidad de muertos levantándose de sus tumbas. Esas noticias fueron chistes comunes en las oficinas y salas de espera en los tiempos en que tales situaciones se veían como muy lejanas, sin embargo esos preparativos eran una realidad por lo que los gobiernos estaban listos en caso de un desastre global. Tanto Blossom, como el resto de los mega-campamentos, habían sido construidos muchos años antes del primer incidente con los sheitans y fueron constantemente modernizados con el paso de los años de modo que contasen con lo último en tecnología disponible. Al captar la magnitud de lo que estaba ocurriendo se pusieron en acción los protocolos de respuesta a amenazas del tipo biológico y, en forma coordinada, los países aliados comenzaron a evacuar hacia sus refugios más próximos a tantas personas como les fuese posible. Al mismo tiempo que adaptaron (no de forma tan eficaz como aquí) otros lugares que ofrecían una seguridad potencial para recibir a aquellos que no estuvieran cerca de uno de los grandes centros de refugio o bien, que “no lo acreditaran”.

Pese a que las acciones fueron rápidas, los ataques de las criaturas tuvieron como primeros objetivos las grandes ciudades, por lo que esas zonas sufrieron bajas humanas de proporciones históricas. Tras sólo dos días las muertes se contabilizaban por millones a nivel global y los sistemas tradicionales de comunicación masiva colapsaron debido a la muy probable muerte o abandono de aquellos encargados de darles mantenimiento. En esos primeros días no había forma de saber qué hacer ni a dónde ir por lo que ese medio millón de habitantes en el refugio era realmente insignificante comparado con la cantidad de personas que no pudieron escapar. Esto último no necesariamente significaba que hubiesen muerto pues diariamente ingresaban a los diferentes campos de refugiados centenares de nuevos sobrevivientes, mismos que eran enviados a Blossom, o a otros de mayor tamaño, cuando la sobrepoblación en los pequeños amenazaba la seguridad de todos.

La ubicación era fundamental, la cordillera y el bosque alrededor servían como barreras naturales ante intrusiones de los sheitans. Los más grandes no podían pasar a través de los estrechos caminos y cuevas que llevaban al refugio, lo que daba tranquilidad a los habitantes pues eran esos los más terroríficos; sus gritos, o lo que interpretaban como gritos, se escuchaban a kilómetros de distancia mientras que el resplandor del fuego que producían (pues como si no fuera suficiente, se sabía que podían arrojar bolas de fuego) mantenía en alerta a los guardias ubicados en los centros de vigilancia, lejos de la seguridad de la fortaleza, temerosos de ver cómo cada vez el fuego estaba más cerca de su posición.

Respecto a los sheitans humanoides, esos también podían arrojar bolas de fuego, más pequeñas y de menor intensidad; aunque ellos no tenían dificultades para atravesar las pequeñas redes cavernosas ni para escalar las más altas montañas tras lo cual solían encontrarse los mega-campamentos, podían ser mantenidos a raya por defensas humanas y caer ante disparos de armamento militar; sin embargo los valientes que habían osado enfrentarlos habían servido de ejemplo de lo que sus bolas de fuego podían hacer pues bastaba un impacto en cualquier parte del cuerpo para que esa zona desapareciera, se desintegrara.

Además de la cordillera y el bosque, los límites de Blossom estaban delineados con fuertes barreras de hormigón reforzado, ese material había demostrado resistir los impactos de bolas de fuego de los más pequeños, aunque los grandes las derretían como mantequilla. Las paredes rodeaban toda la zona formando un gran rectángulo y sólo había una puerta de ocho metros de

alto y quince de ancho, que tomaba diez minutos en abrirse por completo debido a su peso (aunque cabe aclarar que rara vez se necesitaba abrirse en toda su extensión) en cada uno de los costados. Al interior se desplegaban miles de casuchas prefabricadas, tiendas de campaña, hospitales (generalmente atestados), bunkers, barracas y edificios usados para fines organizacionales. La cordillera de montañas que ya rodeaba el refugio brindaba la mayor parte de la protección así como el camuflaje, sin embargo ninguna precaución era demasiada por lo que las paredes de hormigón eran valuadas como si fuesen de oro, diariamente se destinaban recursos para su mantenimiento.

25 Julio 2020 02:23:00
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans: Capítulo 3 Parte 2 Capitán William F. Cyrus
Apenas habían recorrido una cuadra cuando varias criaturas emergieron de las ventanas de los edificios, de las entradas al metro subterráneo, de entre montañas de escombros. Algunos saltaron desde lo alto de lo que quedaba de los rascacielos y aterrizaron violentamente, levantando polvo y ocasionando un suave tremor que los soldados sintieron convertido en un escalofrío que les recorrió la espalda.

—¡No peleen, vámonos de aquí! —Gritaba el instigador, ya recuperado de la impresión.

Los tres soldados corrieron de vuelta a donde habían dejado el transporte, decenas de sheitans los perseguían; eran criaturas pequeñas en comparación de las que alguna vez habían visto, quizá las grandes tardaban más en despertarse. Los sheitans les seguían, brincaban los obstáculos y les daban alcance rápidamente.

Los soldados no podían entretenerse en tratar de eliminarlos, una sola de las criaturas podría llevarse un cargador entero de M16 y sólo perderían tiempo y más demonios los cercarían. Disparaban rondas cortas sólo para retrasarlos un poco. Un sheitan ya corría paralelo a los tres militares, uno de ellos le disparó pero la criatura brincó hacia él y lo alcanzó, los otros dos cayeron al suelo; el que aún tenía su bazooka iba a utilizarla pero no tuvo tiempo ni siquiera de apuntar, el cuerpo del sheitan explotaba junto al de su compañero, éste había activado sus granadas.

Los dos hombres continuaron corriendo, sintieron calor, el viento se volvió ardiente, las criaturas arrojaban fuego de sus bocas.

Rugían y gritaban a espaldas de los soldados, quienes no dejaban de hacer disparos cortos para hacer espacio entre ellos y las criaturas. Una bola de fuego pasó sobre ellos, el aire que dejaba a su paso ardía, el instigador sintió como su costado derecho le quemaba, pensó que le había conectado pero ni siquiera había pasado cerca.

Otra bola de fuego se estrellaba de frente a los militares, generando con el impacto una explosión y mucho calor. Al reventarse, ésta desprendía decenas de lo que parecían gotas de lava, una sustancia viscosa y brillante en color rojo que derretía todo lo que tocaba. Una de esas gotas, del tamaño de una taparrosca, cayó sobre el pecho del otro soldado; no portaban chalecos antibalas.

El hombre comenzó a gritar, sus ropas se incendiaban poco a poco mientras el líquido remanente de la bola de fuego fundía la tela, plástico y metales junto a la piel del desgraciado; éste bajó la velocidad, el dolor era inmenso, trataba de quitarse la ropa pero la tela se pegaba a su cuerpo; no dejaba de gritar y tropezó.

El instigador lo tomó por un costado y le ayudó a levantarse.

—¡No te desanimes, ya falta poco!

El transporte no estaba lejos, podían verlo estacionado más allá de la barricada. Los sheitans los perseguían, eran más cada vez, rugían, emitían horrorosos chirridos; seguían arrojando fuego que incendiaba los alrededores y hacía arder el aire.

El humo causado por los nuevos indendios se volvía más denso, era un humo negrísimo y de un olor desagradable, a sulfuro; se propagaba más rápido que los incendios regulares, el fuego proveniente de las bestias ardía con una potencia jamás vista.

—¡Un poco más! —Gritó el instigador.

Su compañero no dejaba de quejarse, su ropa se prendía de cuando en cuando sin importar los esfuerzos que hiciera para mitigar el fuego. Olía a carne quemada, escuchaba el crepitar de aceite hirviendo. La zona donde había caído la gota comenzó a incendiarse; el soldado, sin dejar de correr asistido por su compañero, usó su mano izquierda para intentar apagarlo, dio algunas palmadas en la zona y luego observó su extremidad, se horrorizó; ¡ya no estaba!

Continuaron la carrera, el instigador disparaba ocasionalmente, arrojaba sus granadas y las de su compañero a su espalda de modo que la explosión distrajera, o preferentemente matara, a algunas criaturas.

Llegaron hasta la barricada y ayudó a su compañero a sortearla, las criaturas seguían detrás. El instigador tomó la bazooka de su amigo y disparó hacia un edificio, éste se derrumbó y causó un gran levantamiento de polvo, escombros volaron por doquier. Aprovecharon el caos para subirse a la cabina de la camioneta, con el instigador al volante y su compañero, agotado, recostado sobre la puerta del pasajero.

El vehículo encendió, rápido tomó reversa y dio media vuelta para regresar a su base de operaciones. De la polvareda emergieron varios sheitans furiosos que dieron alcance al transporte, lo tacleaban con sus cuerpos, incrustaban sus garras en el metal y lo atravesaban con facilidad. Con cada impacto la camioneta vibraba, parecía que iba a deshacerse; al instigador le costó mucho trabajo mantener la dirección pero hacía lo mejor que podía. Las llantas chocaban violentamente contra piedras y se hundían en profundos pozos; el conductor aceleraba aún más, los golpes sacudían a ambos tripulantes pero no pensaba permitirse perder tiempo. Las criaturas los seguían a cada costado, atrás de ellos e incluso por encima. Un sheitan había brincado sobre la cabina; el instigador vio cómo sus garras atravesaban el techo, dio un volantazo y la bestia salió volando; el instigador sonrió un instante.

Continuaban su carrera tan rápido como podían, una bola de fuego explotó frente a ellos, la onda expansiva estrelló el parabrisas; el instigador evadió el incendio resultante y, al hacerlo, chocó contra un sheitan, pasando sobre la criatura, sintiendo cada protuberancia de su cuerpo. El instigador aceleró para dejar atrás el cuerpo de la bestia, miró por el espejo lateral y vio como el sheitan se reincorporaba y reanudaba su carrera tras ellos.

—¡Esas cosas no se mueren con nada! —Gritó.

Siguió conduciendo durante algunos minutos, perdió velocidad, le costaba más trabajo mantener la dirección. Las bestias ya les habían dado alcance nuevamente y se estrellaban contra el vehículo.

—“Hasta aquí llegamos”. —Pensó.

Escuchó detonaciones de arma de fuego, muchas. Una criatura a su lado izquierdo recibía numerosos impactos de bala, pedazos de carne del sheitan se estrellaban en contra del vidrio de la ventana, que quedaba manchada de sangre; al otro lado más sheitans recibían daño balístico. Vieron varias estelas de humo, —“Misiles”. —Pensó. Escuchó explosiones tras ellos.

Dejó de sentir cómo la camioneta se movía, los sheitans ya no la estaban chocando. Recorrió un corto tramo y vio soldados que disparaban; los dejaron atrás y continuó conduciendo, no dejaba de acelerar. Vio a un compañero que le hacía señas con las manos, le tomó unos instantes registrar lo que éste trataba de decirle, le pedía que se detuviera. El instigador pisó el freno y el

vehículo se detuvo patinando y chirriando.

La camioneta estaba golpeada, tenía abolladuras a cada costado, el metal estaba perforado con numerosas marcas de garras; humeaba, las dos llantas izquierdas estaban ponchadas y el rin las había destrozado.

—… —El instigador exhalaba, no dejaba de apretar el volante.

Tocaron a su puerta, un soldado regordete le hacía señas, no podía verlo bien, el vidrio estaba rojo de sangre de sheitan, un rojo muy oscuro, carmesí; el instigador, temblando, abrió la puerta, el soldado regordete le ayudó a bajar.

—Mi compañero… —Dijo el instigador.

La otra puerta estaba abierta, unos soldados retiraban el cuerpo del militar, estaba muerto; su mano izquierda había desaparecido hasta el codo, tenía un agujero del tamaño de un balón de basquetbol en el pecho, se podía ver a través de él. La herida estaba chamuscada, la ropa fundida con la carne, olía terrible.

—Esta muerto. —Le dijo el soldado regordete que interpretaba los gestos de sus compañeros.

El instigador fue llevado con sus superiores, trató de explicarse pero no le permitieron hacerlo. Tres compañeros habían muerto por su culpa, no habían traído a nadie con vida; el instigador no trató de defenderse, fue llevado a una celda de detención donde permanecería largo tiempo.

Los días que había pasado a oscuras le habían hecho pensar, reconocía su responsabilidad, por él habían muerto sus compañeros, ¡y por nada! No había logrado rescatar a nadie, los sobrevivientes estaban muertos; eso era culpa del gobierno que los había abandonado. Estaba furioso, triste. Durante su cautiverio, días atrás, escuchó una enorme explosión, la tierra a sus pies tembló, sus camaradas afuera excalamaban asustados; las bombas habían caído, la ciudad estaba perdida y cualquier persona que estuviera en ella ya estaba muerta. Pensó que era el final, que pronto serían trasladados a la base para él ser enjuiciado o liberado. No sucedió nada, todos seguían en su sitio; escuchaba gritos, exclamaciones de incredulidad, nadie le decía nada, el instigador seguía sólo, a oscuras; pensando.

Así pasaron varios días, uno de ellos el ruido de motores de helicóptero le extrañó, solía escucharlos pero éstos eran diferentes de las aeronaves de ataque que solían arribar al centro de operaciones, era un sonido potente, grave, que hacía vibrar el suelo.

Escuchó un gran alboroto afuera de su pequeña celda, un cubículo de apenas tres por tres metros cuadrados. Se asomó por la pequeña rendija con barrotes pero no alcanzó a distinguir nada. Se sentó en su pequeño e incómodo catre.

Pasaron horas, el instigador seguía solo en la oscuridad; el sol dejaba de entrar por las rendijas, se hacía de noche; una noche más que habrían de pasar a las afueras de la ciudad; algo había salido mal, de eso no había duda.

Ya se estaba acostumbrando a la inquietud, se le había tenido aislado desde hace días, no sabía nada de lo que estaba ocurriendo afuera, no tenía idea de la situación en que se encontraban. A los sheitans, a esos sí los conocía bien, asumía que sus compañeros la estaban pasando muy mal contra esas criaturas infernales; lo que fuese que estuviera ocurriendo, no sería bueno.

Escuchó mucho ruido afuera de su celda, voces que discutían, trató de poner atención, pegó el oído a la puerta.

—¿Así que simplemente nos vamos?

—Son las órdenes.

—Esos idiotas…

No alcanzaba a reconocer las voces. Se acercaron, la puerta se abrió; aún había luz afuera por lo que el súbito ingreso de ésta a su oscura celda, deslumbró unos ojos que tenían días sin ver algo tan brillante.

—Nombre y rango soldado.

El instigador no respondía, los ojos le dolían mucho.

—Nombre y rango soldado.

—…

—¡Nombre y rango soldado! —Repitió con autoridad.

—… ¡Sargento Nicholas Ricco señor!

Sus ojos comenzaban a acostumbrarse al brillo de la luz, lagrimeaba; alcanzó a distinguir dos siluetas, ambas de gran tamaño pero una era realmente gigantesca. Poco a poco fue enfocándose en la que hablaba, la figura de menor tamaño, que era quien se encontraba más cerca de él; lograba ver los rasgos de esa persona, un soldado veterano; nunca había hablado con él pero vaya que lo conocía.

—Tú vienes con nosotros. —Le dijo el soldado veterano.

El sargento Ricco sabía que quien le hablaba era su ídolo; el último héroe de guerra con vida; el capitán William F. Cyrus.
12 Julio 2020 05:00:00
La era de los sheitans capítulo 3 parte 1
Arrojó su camisa al suelo, golpeó en dos ocasiones con el puño la puerta metálica, repetía una y otra vez en su mente los mismos eventos, la orden de retirada antes del ataque nuclear. Estaba a oscuras, sólo unos débiles rayos de sol atravesaban los pequeñísimos barrotes ubicados sobre su cabeza.

—¿Así que sólo los vamos a dejar? ¡Queda muchísima gente ahí adentro!

Aquella ocasión reclamó con todas sus fuerzas, incluso se arriesgaba a ser encarcelado; no le importaba, no se quería ir, estaba furioso; recién había recibido la orden de retirarse y no podía creerlo, iban a alejarse y dejar que toda esa gente fuera destrozada por los demonios.

Esa fue una de las muchas veces que desobedeció órdenes, no era un soldado muy disciplinado pero, la verdad sea dicha, la mayoría de sus indisciplinas eran por líos de faldas y salidas nocturnas; esta vez sería diferente, su indsciplina era por su propia humanidad.

El soldado era joven, un apuesto hombre de color, de penetrantes ojos verdes y musculatura envidiable; sin duda hubiera podido ser modelo o actor, ciertamente tenía la apariencia; pero prefirió la vida militar, siempre le había gustado y desde niño deseó ser soldado. Había iniciado su carrera militar no hacía muchos años y no era precisamente un excelente elemento; si bien era fuerte, atlético y decidido, también era problemático; se metía en frecuentes peleas, usualmente debido a las mujeres, quienes le encantaban y a las cuales abordaba sin temor; no cualquiera podría rechazar a un adonis como él, y este hombre lo sabía por lo que sacaba ventaja en cada oportunidad que se le presentaba.

Habló con algunos de sus compañeros, lamentablemente casi todos ansiaban irse y, tan pronto recibieron la orden de evacuación, tenían listas las maletas y estuvieron sobre los transportes para irse sin mirar atrás. Pero ellos no eran todos, consiguió un pequeño grupo que, como él, se encontraba a disgusto después de la orden de retirada. Recolectaron las armas más poderosas, entre ellas bazookas, así como cuantiosas municiones y explosivos; robaron un transporte de carga con el tanque lleno y se adentraron a dónde sabían que quedaba gente… y sheitans.

Recorrieron las calles a toda velocidad, aún era de día, los rayos del sol bañaban las calles y mantenían ocultas a las criaturas, pero no todas tenían tanta aversión a la luz solar, siempre había algunas dispuestas a salir durante las tardes; vieron algunos sheitans en el camino pero no pensaban comenzar una batalla, tenían poco tiempo antes de que cayeran las bombas. Era necesario llegar al refugio, subir a la gente y escapar a toda prisa. Claro que no podrían salvarlos a todos pero sí tratarían de rescatar a cuantos pudieran; no podían ponerse a combatir contra demonios, no ahora.

—Avanza, avanza, a la izquierda, ahí, detrás de la barricada, sortéala, perfecto. Detente, el resto lo hacemos a pie.

Cuatro soldados se bajaron del vehículo, portaban rifles M16, los usuales en el ejército; cargaban con varias mochilas repletas de municiones, pues los sheitans absorbían las balas como esponjas, algunas granadas y, a sus espaldas, cada uno una bazooka; sólo por si acaso.

Primeramente revisaron los alrededores en caso de que alguna bestia estuviera cerca o los hubiese seguido en el camino, estaban solos pero no podían contar con que así lo estuvieran durante mucho tiempo. Caminaron rápido en dirección de la barricada, en línea recta, la escalaron y cruzaron sin problemas.

—El refugio no está muy lejos. —Dijo el instigador.

Recorrieron los escombros de la ciudad sin mirar siquiera donde pisaban, no tenían tiempo para irse con cuidado. Vieron cuerpos en el suelo, vestían uniformes militares; habían sido sus compañeros, estuvieron defendiendo la posición durante días, en lo que terminaban de extraer a unas personas que se habían refugiado en un estacionamiento. Les había tomado semanas el dejar la zona “aceptablemente segura”, tiempo en que sufrieron muchas bajas. Finalmente consiguieron estabilizar el lugar el tiempo suficiente para extraer a cientos de personas en varios helicópteros; pero no eran suficientes, muchas más se habían quedado atrás, rogando su extracción al momento que la última aeronave partía. Los militares llevaron con ellos a tanta gente como pudieron pero la imagen de toda esa gente que se había quedado atrás era demasiado. Al menos para ellos cuatro era insoportable.

El instigador lideraba el camino, el resto le seguía cerca. Escucharon el caer de unas rocas a su derecha, voltearon y vieron a la criatura: un sheitan de cerca de tres metros, horrible como siempre lo eran esas criaturas. Tenía la cabeza grande y adornada con varios enormes cuernos que nacían desde la frente y recorrían su espalda y alrededor del cuello, parecía como la melena de un león. Sus brazos eran fuertes y largos, cubiertos de pelaje negro, sobresalían espinas en los hombros y antebrazos.
—¡Vamos, vamos! —Gritó el instigador. —¡No dejen que se acerque!

Los cuatro hombres dispararon sus M16 pero el sheitan ni se inmutó, corrió de frente a ellos, absorbiendo las balas; logró alcanzarlos y hubieron de romper la formación.

El sheitan quedó en medio de los cuatro soldados, quienes disparaban encontrados hacia la criatura, intentaban matarla al mismo tiempo que pretendían no matarse entre ellos. El sheitan parecía confundido, quizá por recibir ataques a cada lado, lanzaba zarpazos al aire y gruñía furioso. A uno de los soldados se le terminaron las balas, trató de recargar; no hizo nada mal, no titubeó, era un elemento experimentado; pero el sheitan fue muy rápido, tomó el instante en que el pobre sujeto no disparaba para lanzarse en su contra sin que sus tres compañeros pudiesen hacer algo para ayudarle. El pobre recibió el ataque de frente, ni siquiera alcanzó a cubrirse el rostro. Tenía al demonio sobre él, sus colmillos se incrustaban en su cráneo, sus garras se hundían en su piel; la sangre comenzó a brotar a raudales y el sheitan arrancaba más y más pedazos del pobre hombre.

El instigador tomó la bazooka que llevaba a espaldas y apuntó a la criatura, así como a su compañero, disparó; la explosión hizo volar enormes pedazos de concreto, carne y polvo; cuando éste se disipó sólo quedaba una masa sanguinolenta donde antes estuvieran la criatura y el soldado. El instigador tragó saliva, volvió a colocarse la bazooka a la espalda e indicó con la cabeza que siguieran el camino, nadie dijo palabra.

Les quedaba poco tiempo, tanto para el bombardeo como para que anocheciera, cualquiera de esas dos opciones significaba su muerte; no podían tomarse más tiempo combatiendo bestias. Corrieron ya sin cuidado y llegaron a una esquina, a la vuelta estaba el estacionamiento donde, días atrás, él y sus compañeros lucharon valientemente para rescatar a miles de personas varadas en medio de la ciudad.

Recorrieron el último trecho, estaban frente al estacionamiento, un amplio espacio bardeado, sin techo, con una única entrada y salida de vehículos, pero esa zona estaba sellada.

Se acercaron a la entrada del estacionamiento, estaba cubierta con sacos de arena que los militares habían dejado atrás durante su evacuación; los sobrevivientes las habían apilado en la entrada para impedirle el paso a los sheitans. Con esfuerzos lograron abrirse camino retirando los sacos de un costado; conforme trabajaban en retirar esa barricada se extrañaron.

—¿Por qué hay tanto silencio?

Al instigador le extrañó la quietud, a los sobrevivientes se les recomendaba que no hicieran demasiado ruido pero era imposible estar en calma; cada que se topaba con campamentos de refugiados escuchaba sollozos, lamentos, quejidos; solía ser complicado mantenerlos en silencio, aún y teniendo autoridades a la disposición. ¿Y ahora tantísimas personas guardaban silencio? Algo andaba mal.

Quitaron el último saco de arena, no habían hecho aún suficiente espacio para pasar pero ya podían ver el interior del estacionamiento.

—¡No! ¡NO, MALDITA SEA!

El instigador golpeó los sacos de arena que restaban, enterró la bayoneta profundo en varios de ellos mientras los pateaba y gritaba al tiempo que se abría camino al interior. Ingresó y cayó al suelo llorando.

El estacionamiento era un depósito de cadáveres, el suelo estaba tapizado de cuerpos, de partes humanas cubiertas de sangre, vísceras; olía terrible, a putrefacción y heces; había moscas por todos lados, las botas dejaban huellas sobre la sangre al caminar.

—Están todos muertos. —Dijo uno de ellos.

Un soldado se acercó a un cuerpo, se inclinó y trató de reconocerlo, era imposible, su rostro había sido arrancado; los restos estaban parcialmente devorados. Lo inspeccionó, tenía marcas de violencia, carne arrancada con fuerza, huesos triturados. Levantó la vista y observó las paredes, eran muy altas y tenían marcas de garras.

—Las escalaron, los sheitans escalaron las paredes.

Recorrieron el estacionamiento con cuidado, respetando los cuerpos tanto como les fue posible, buscaban sobrevivientes, alguno debía quedar vivo; eran cientos de personas, sin duda alguien debió quedar herido. Movían los pocos cuerpos enteros que encontraban, les daban vuelta sólo para encontrarse con que les faltaban enormes trozos de carne. Buscaron afanosamente durante mucho tiempo, más del que debían considerando sus circunstancias; no encontraron nada con vida más allá de esas malditas moscas y muchos gusanos que comían la carne muerta de aquellos a quienes pretendían salvar.

Escucharon ruidos lejanos, sonidos similares a auillidos, a gruñidos; muy sonoros, aterradores.

—Debemos irnos.

Levantaron la vista al cielo, las pocas nubes que se alcanzaban a ver detrás del humo ocasionado por los cuantiosos incendios tenían una tonalidad anaranjada, casi rojiza, sanguinolenta. Pronto sería de noche.

—Si no nos matan las bombas nos matarán los sheitans. —Dijo otro de los militares mientras ponía su mano en el hombro del instigador, cuyos ojos verdes estaban irritados de tanto llorar.

Los ruidos de los sheitans se volvían más intensos, comenzaban a activarse; siempre eran más inquietos durante las noches. Los tres soldados salieron del estacionamiento, el instigador lanzó una última mirada hacia atrás; su indisciplina había sido en vano.

04 Julio 2020 03:03:00
Capítulo 2 Los monstruos han tomado la ciudad
Edificios derribados, escombros por doquier, era como si una gran guerra acabase de ocurrir y una ciudad, anteriormente icónica, hubiese dejado su cadáver para pudrirse lentamente bajo el sol.

Sombras monstruosas que se mueven sin dirección, desaparecen en el suelo sólo para emerger nuevamente; ansiosas, buscan algo.

Caminan sobre montículos de concreto y metal, escarban aquí y allá, escalan los restos de los edificios, gruñen y luchan entre sí; nubes de polvo cubren la ciudad, dejando ver figuras informes y aterradoras; una levanta los restos de un vehículo quemado, lo parte en dos y retira una masa chamuscada de su interior; la observa delante de su horrenda cabeza, sus mandíbulas, repletas de colmillos que chorrean una sustancia viscosa y blanquecina, se mueven como si pretendieran zafarse de su sujeción.

Una criatura gigantesca avanza despacio entre los restos de los alguna vez enormes rascacielos, los aparta con sus descomunales brazos como si se tratase de maleza que le estorba al caminar; derriba los edificios con facilidad, toneladas de concreto caen desde las alturas, levantando densas nubes de polvo que cubren el suelo. Sólo se alcanza a ver la parte superior de su cuerpo que sobresale de la marea de polvo que se forma con su avance, no le importa lo que haya a sus pies, destroza a su paso casas, árboles, vehículos e incluso a otras criaturas, igualmente monstruosas aunque más pequeñas; algunas atacan las piernas del coloso, a éste parece no importunarle, no emite ruidos, no cambia su ruta; sigue caminando lentamente, detruyendo todo a su paso, triturando lo que quede bajo sus pies.

Una marea de fuego alcanza una zona residencial, quema los árboles, hace tronar los vidrios de lujosos centros comerciales. Se escuchan sirenas pero no se trata de bomberos a toda prisa buscando apagar incendios, tampoco son ambulancias que pretendan rescatar a los heridos; el ruido viene de las alarmas de los vehículos abandonados a su suerte, chamuscados, carbonizados; sus ruidos son los últimos gritos de agonía que puede emitir la civilización que habitaba la ciudad, único sonido conocido que se puede escuchar, vestigio reconocible que se pierde entre gruñidos espantosos y nunca antes percibidos por un oído humano.

El fuego se extiende sin control, consume fábricas, avenidas, callejones, casas, edificios; el parque central, anterior ícono de la ciudad, es un enorme lago de fuego que amenaza desbordarse y engullir los restos de la ciudad en cualquier momento. Las llamas parecen olas en medio de un huracán, enormes, se alzan decenas de metros y lamen con deseo el aire, que hierve y desgarra lo que toca.

En medio de ese fuego enormes figuras se mueven, figuras humanoides, monstruosas y

gigantescas, caminan sin prisa; el fuego no les molesta, no les afecta, ni siquiera parecen sentirlo. Recorren el parque central en llamas como si fuera su propia piscina, a su paso extienden el incendio, que se propaga en otras zonas de la ciudad. El fulgor anaranjado de las llamas se puede ver desde muy lejos, desde kilómetros de distancia; los aterrorizados ojos de quien lo viera sólo eso pueden hacer, observar cómo se acerca.

Son los restos de una ciudad atacada tanto por los sheitans como por los seres humanos, como si se hubiesen puesto de acuerdo para lograr el máximo daño posible. Entre la terrible fuerza de esas criaturas y las armas nucleares de la raza humana, han destruido por completo varias zonas urbanas, segando miles de vidas, humana, animal y vegetal, en el proceso.

El viento arde y desgarra la piel de los cuerpos que yacen dentro y alrededor de la zona de impacto. El cadáver de una mujer joven descansa sobre pasto quemado; era bonita, delgada; parte de su ropa se mantiene íntegra, botas que seguramente fueron carísimas, un vestido de una tela muy fina, color carmesí; se alcanzan a ver las uñas, arregladas, con vivos colores. Aún le queda piel en algunas partes del cuerpo; tersa, sin imperfecciones, quizá se trataba de una modelo, tal vez una famosa actriz; la ciudad era hogar de muchas estrellas de la farándula, de los pocos que podrían costearse una vida en dicho lugar. Los restos de piel se deshacen poco a poco con cada caricía del viento, que la corroe, la desgarra. El rostro de la mujer es irreconocible, algunos mechones de cabello castaño, con vivos en rubio en las puntas, bailan abrazados al viento; se puede ver una expresión feliz en su rostro, dos hileras de dientes perfectos, blanquísimos; ya no tiene labios, esa boca jamás se habrá de cerrar.

El mar baña la costa, el agua tiene un color cobrizo; centenares de cuerpos yacen sobre la arena, mojados por el agua, su sangre se funde con ella y crea un lodo viscoso. Los cadáveres están humeantes, sus ropas quemadas, miembros humanos se desprenden con la caricia de las olas y son arrastrados por ellas de vuelta al mar.

Una criatura se mueve ágilmente, no le molesta el panorama, no le lastima el viento ardiente. Es más grande que una persona robusta; camina encorvada como si fuese un gorila. Su cabeza es descomunal para lo que es el resto de su cuerpo, tiene una enorme frente prominente, repleta de escamas y espinas; dos ojos color naranja ubicados al frente, hundidos, brillantes; su boca enorme, ocupa la tercera parte de esa cabeza gigantesca y se abre horizontalmente hasta casi cada extremo. El interior de la cavidad está repleto de dientes, colmillos, de un color amarillo casi mostaza, son varias hileras. No tiene nariz, sólo un par de orificios sobre la boca indican dónde podría estar. Sus dos brazos están cubiertos de espinas, grandes, gruesas; como si fuesen dagas; también tienen algo de pelo, muy grueso. Las manos enormes, con dedos largos y huesudos, no parecen estar cubiertos de piel, se ven… distintos, sin diferenciarse de las uñas que más bien son garras. El cuerpo de la criatura es fibroso, no parece existir grasa, es completamente músculo y hueso. El pecho está cubierto de placas brillantes, la cintura se vuelve angosta. La espalda está cubierta de espinas y pelo enmarañado, plástico y restos de basura se han visto atrapados en ellas. Tiene dos piernas, son cortas y articuladas al revés, cubiertas de placas brillantes y espinas; no tiene pies sino pezuñas, como las de un caballo, pero mucho más grandes, no son proporcionales al resto de su cuerpo.

Es una criatura horrible, un sheitan, uno de los pequeños. Son muy numerosos y todos diferentes. Camina despacio a través de la playa, sus pezuñas se hunden en la arena, con sus

garras se abre camino. Se dirige a los cuerpos, los examina, los explora; arranca trozos, miembros, los introduce en su boca y los devora.

Más sheitans aparecen, parecen atraídos por el olor a carne quemada; pronto la playa queda atestada de criaturas, son ya más los sheitans que los cadáveres; luchan entre ellos, se arrebatan los cuerpos. Llegan demonios más grandes, del tamaño de vehículos familiares, del tamaño de casas; los más grandes ahuyentan a los pequeños; algunos se defienden, se abalanzan en contra de los más grandes, escalan sus lomos y tratan de hundir sus garras en ellos, parecen ni sentirlo.

Una niña camina asustada, está sucia, sangra; tiene la cara llena de hollín. Vivía en los suburbios, las bombas no conectaron directamente en donde ella residía; el viento arrastrará la radiación hacia donde ella vaya, no vivirá mucho. Una criatura la sigue, la pequeña no se ha dado cuenta, está sola. La criatura la alcanza de un salto y la parte en dos con un solo movimiento.

No muy lejos de ahí un grupo de personas se aferra a la vida, posiblemente fueran vecinos de la pequeña. No son muchos, menos de una docena, están sucios, heridos, asustados; lloran. Un hombre perdió su mano izquierda, jirones de carne escapan de entre una camisa que usó para apretarse el muñón, la sangre se ha coagulado, tomó un color negro. Su rostro expresa dolor, está pálido, suda. Una mujer trata de asistirlo, le limpia la cara, trata de darle agua, de curar sus heridas mientras el pobre gime de dolor.

Están dentro de un minisúper, no tiene techo, las paredes se han venido abajo, los vidrios están completamente rotos. Los heridos descansan y sollozan, aquellos que están en mejor condición ven hacia el horizonte, les hipnotiza el brillo anaranjado del incendio.

—El parque central. —Dice uno, nadie le responde.

El viento es cálido, les quema el rostro; no se dan cuenta que, poco a poco, la piel comienza a abrirse, a enrojecerse, después de todo están tan sucios y tan ensangrentados que no podrían notar una herida nueva.

—Vendrán a rescatarnos, no nos van a abandonar. —Volvió a decir el que miraba hacia el parque central. Nuevamente nadie le respondió.

Uno de los sobrevivientes abre una bolsa de frituras, comienza a comerlas, hace ruido; escuchan algo, contienen la respiración y guardan silencio. Sienten vibraciones en el suelo, después un sonido horrendo les hiela la sangre, un rugido. Voltean a todos lados, dos de los sobrevivientes se van corriendo, los más gravemente heridos no pueden moverse, sus familiares no quieren dejarlos; varias criaturas emergen de entre los escombros alrededor, comienzan a cercarlos; los sobrevivientes se apretujan entre ellos, lloran.

Los sheitans los destrozan, despedazan los cuerpos de los sobrevivientes como si fuesen muñecos, los devoran. Uno trata de defenderse, lanza un golpe al rostro de un sheitan, su puño impacta con una de las espinas y queda abierto en dos, sólo dolió unos instantes; con sus garras el sheitan tomó el rostro de aquel hombre y apretó, retiró la mitad de la cabeza como si estuviese hecha de algodón.

Los dos sujetos que huyeron no se detienen, no voltean hacia atrás; lloran. No saben a dónde correr, atraviesan escombros y se tropiezan con rocas, la piel de sus rostros casi ha desaparecido. De nada les servirá huir, la radiación está matándolos, el calor los está cocinando por dentro; hubiera sido mejor que los sheitans los devoraran.

Afuera de la ciudad, que ardía sin fin, se había levantado un puesto de combate; eran los soldados que anteriormente luchaban contra los sheitans y trataban de salvar de su destrucción a la ciudad más famosa del mundo. Habían recibido la orden de retirarse poco antes del ataque nuclear y se les indicó se apostaran a una distancia prudente, a salvo de la radiación que sus propios jefes habían causado. La unidad constaba de un millar de elementos, no muy lejos había otra, y otra; las fuerzas castrenses habían sido colocadas alrededor de la ciudad, formaban un cinto de seguridad, estaban ya enterados de lo ineficaz del ataque, las criaturas seguían en la ciudad, casi sin daños; en cualquier momento intentarían salir.

—Tenemos de gracia hasta que se les acabe la comida, esos pobres bastardos, —dijo un soldado veterano, alto, muy fuerte; se refería a aquellas personas que no pudieron ser evacuadas. —Con su muerte nos permiten organizarnos. —Tomó un cigarro, sonrió un poco aunque nunca dejó de fumar. —Quizá esa fuera la intención desde el principio. —Murmuró.

Los soldados corrían apurados, algunos ni siquiera sabían por qué. Escuchaban por radio que otra unidad había divisado una criatura que trataba de escapar, lograron darle muerte pero perdieron muchos elementos en el acto. Veían hacia la ciudad, engullida por las llamas, brillando en tonalidades amarillas y anaranjadas; estaban lejos pero el aire se sentía caliente; tallaban sus ojos, el viento les irritaba, sentían como si minúsculas agujas se incrustaran en el rostro.

Llegaron camiones, muchos de ellos, decenas; transportaban materiales de construcción, bloques de hormigón, herramientas, cemento. Indicaron a todos los soldados que no estuvieran apostados en el frente descargaran el contenido, hecho que les molestó, en especial a aquel soldado veterano que parecía estar al mando. En un principio se negó a cooperar, bastó una llamada por radio para que, no sin molestia, accediera a ordenar se inicie la descarga de materiales.

—Somos soldados, no obreros. —Dijo molesto el veterano. —Malditos sean los burócratas.

Un gigante se acercó a aquel militar, era enorme pero no era un sheitan sino un hombre, el veterano le ofreció un cigarro que el gigante aceptó, fumaban en silencio mientras veían a sus compañeros realizar labores impropias para hombres de armas.

—Así son los jefes. —Dijo entre dientes el veterano.

—¿Alguna vez han sido distintos? —Respondió el gigante.

Los soldados realizaban la pronta descarga de los materiales, no podían dedicarle demasiado tiempo, era necesario que estuvieran listos en caso de que sheitans intentasen escapar de la ciudad. Aún era de día, eran las horas tranquilas, a los sheitans no les gustaba la luz del sol y los días soleados eran lo más parecido a vacaciones que estos hombres y mujeres habían tenido en meses. Las noches… esas eran problemáticas.

—¿Para qué es todo eso? —Preguntó el gigante,

—Quieren enjaular a esas bestias. —Respondió riendo el veterano, no dejaba de fumar. —Vamos a construir un cerco de concreto reforzado.

—¡Qué estupidés! —El gigante rió.

—Órdenes de Humme. —Finalizó el veterano. —Ese viejo era más útil retirado.

El cielo oscureció y un fuerte ruido les alarmó, voltearon al cielo, aún era de día; les tranquilizó saber que el ruido no venía de sheitans, eran motores de helicópteros, decenas de

enormes aeronaves de carga modelo Mi-26 se acercaban; bajo ellos, gigantescas máquinas de construcción, brillantes, nuevas; que colgaban de alambre reforzado. Era una maquinaria inusual, impresionante; claramente para trabajo de construcción pero impropias para las manos de obreros ordinarios.

El veterano veía acercarse a los helicópteros, cada una una de esas enormes máquinas de construcción colgaba de cuatro aeronaves; el transporte de ese equipo era riesgoso, no sólo por los sheitans, el peso de esas máquinas era inmenso. El veterano conocía bien el funcionamiento de esos helicópteros, uno sólo bastaba para transportar un tanque M1 Abrams sin dificultad, y ahora cuatro de ellos no podían elevarse a más de cien metros a causa de esa pesada carga que transportaban.

Los helicópteros se acercaban y los soldados comenzaron a hacer espacio. Ordenadamente, y con extremo cuidado, pasaron a depositar la maquinaria una por una. El veterano pudo ver claramente el enorme e impresionante equipo que les estaba llegando desde las alturas.

La mencionada maquinaria era una especie de plataforma montada sobre cuatro enormes hileras de riel tipo oruga; de la plataforma sobresalían seis brazos robóticos extensibles, que, gracias al color del metal, de lejos parecía una piña.

Uno de los brazos contaba con un enorme y afilado taladro, cuya punta tenía el tamaño de un automóvil estándar. Otro servía para excavar y tenía una pala gigantesca, fácilmente del tamaño de una oficina pequeña. Los otros cuatro brazos eran pinzas, de las cuales dos eran pinzas delgadas, pensadas en utilizarse para sujeción y presión; en la unión de cada pinza, un filo inverso permitía realizar cortes precisos. Los otros dos brazos tenían pinzas más gruesas y cóncavas, útiles tanto para sujeción como para excavación de zonas más finas. Al centro una cúpula redondeada donde se podía ver tres asientos, aparentemente muy cómodos y colocados de forma perpendicular entre ellos, resguardados por amplios ventanales de cristal; ante cada asiento un par de largas palancas. La maquinaria completa medía ocho metros contando desde el suelo hasta el techo de la cúpula central, pero si se le sumaran los brazos, fácilmente triplicaría su altura. Todas las máquinas eran iguales, de color amarillo y hechas de un metal muy brillante; parecían recién salidas de la fábrica y mucho muy caras. El veterano estaba sorprendido mas no por la calidad de ese equipo sino por el hecho de desperdiciar recursos en algo como eso.

Apenas habían descargado un par de dichas máquinas cuando un helicóptero más pequeño aterrizó muy cerca de donde el veterano y el gigante se encontraban; de dicha aeronave descendieron varias personas, todas muy bien vestidas, que se acercaron por instinto hacia donde ambos soldados se encontraban.

—¿El Coronel? —Preguntó uno de ellos, uno joven.

—Muerto. —Respondió el veterano.

—¿Usted está a cargo?

—Eso parece.

El recién llegado realizó un gesto con las manos y así se acercaron sus compañeros.

—Venimos a ayudarles a levantar el cerco, nosotros somos operadores. —Gritó, los motores de los helicópteros seguían emitiendo ruido, sus hélices movían el viento calcinante y levantaban muchísimo polvo.

—Eso supuse. —Respondió el veterano con desdén.

—Estas máquinas son una maravilla, podremos levantar un muro en poco tiempo. Sé que contaremos con todo su apoyo; ustedes enfóquense en ayudar y en no dejar que esas cosas nos maten.

—¿De verdad piensan que podrán cercar por completo una ciudad como ésta? —El veterano no preguntaba al operador, más bien se preguntaba a sí mismo.

—Con estas máquinas todo es posible. —Respondió con presunción el operador. —Son algo nunca antes visto, una verdadera maravilla.

—Bastará una noche para que los sheitans hagan polvo a sus maravillas y a ustedes.

—¿Quién demonios es usted para decir eso?

El operador comenzaba a molestarse, el veterano ignoró la pregunta y observó a aquel joven hombre.

Era delgado, lampiño; el cabello bien peinado con gomina, tan fuerte que no se despeinaba con el viento provocado por el rotar de decenas de hélices. Sus brazos eran delgados, su cuerpo lejos de ser atlético. De nariz respingada y anteojos; jamás en su vida había estado en riesgo, seguro se estaría cagando de miedo al salir de su protegido refugio; jamás seguiría indicaciones de un hombre así.

—¿Qué estupidez se les ocurrió ahora a los “brillantes” hombres de ciencia?

La mirada del veterano asustó al operador, quien sin querer respondió automáticamente a la pregunta.

—Vamos… vamos a mandar veinte de estas máquinas a cada puesto de control, de todas las ciudades afectadas, así encerraremos a esos monstruos. —Respondió el operador con voz entrecortada.

—¿Y luego qué?

No hubo respuesta.

—¿Acaso esperaremos se aburran y regresen a los pozos?

—Nosotros… sólo vamos a cercarlos.

El veterano volvió a observar al operador y después volteó a ver a sus acompañantes.

—¡Escuchen, no tenemos tiempo para construir una jaula, cuando se les termine la comida en la ciudad van a salir como si fuera una avalancha, los harán pedazos! —Gritó a todos los operadores.

—Tenemos órdenes. —Respondió el jefe de los operadores.

—Ahora tienen nuevas órdenes. Vamos a construir cuellos de botella, obligarlos a tomar nuestras rutas y ahí acabarlos. Quizá tengamos tiempo para eso.

El operador iba a increpar pero el gigante se interpuso.

—¡Hable con respeto! —Le ordenó.

Molesto por el trato que el veterano y el gigante le daban, el humillado hombre corrió hacia su equipo, con quienes intercambió algunas palabras, y es que se suponía que ellos estarían a cargo, ¡los soldados eran sólo mano de obra! Regresó al helicóptero que lo transportaba y tomó la radio, intercambió airados comentarios con un desconocido interlocutor.

—¡Nombre y rango soldado! —Le preguntó gritando al veterano.
27 Junio 2020 02:56:00
El Programa GAMER – Seis meses en el fin del mundo
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, es el primer volumen de la trilogía El Programa GAMER, una historia de ciencia ficción juvenil en la que la pesadilla de muchos es el sueño de otros, pues el fin del mundo ha llegado, monstruos de las profundidades emergen para acabar con la humanidad, sin embargo un grupo numeroso de jóvenes se había preparado, sin saberlo, para enfrentar precisamente a ese tipo de oponentes.

Esos jóvenes son los videojugadores, más de dos billones de hombres y mujeres, de varios rangos de edad, que han salvado a la humanidad incontables ocasiones en simulación. Ellos han enfrentado grandes dificultades y encontrado la manera de salir airosos en combates contra demonios, invasores espaciales, zombies, nazis y criaturas celestiales.

Así sólo ellos están listos para luchar contra la amenaza que son las bestias conocidas como sheitans, pero hay un problema: Aunque sus mentes están preparadas para el combate sus cuerpos no lo están, por ello es necesaria una cuidadosa selección de aquellos videojugadores más aptos para esta lucha, a fin de alistarlos para la batalla de sus vidas, esta vez en el mundo real.

SEIS MESES EN EL FIN DEL MUNDO

No hubo muchas alternativas después del primer encuentro con “eso que salió de los pozos”; esas cosas, tan pronto vieron la luz del día, comenzaron a atacar a todo ser vivo a su alcance. Las ciudades, en especial las más grandes metrópolis, fueron con mucho las más afectadas; éstas eran en apariencia los objetivos primordiales de las criaturas que más adelante serían conocidas como sheitans, vocablo árabe para referirse al Diablo, y que fue adoptado debido a que el mundo cristiano rehusaba verse ligado a tales aberraciones.

—Los sheitans se han visto en varias formas y tamaños pero todos tienen cosas en común: son monstruosos, violentos y provienen de enormes agujeros en la tierra. —Se podía escuchar durante las transmisiones televisivas y de radio antes de que la señal dejara de transmitirse. —Se recomienda a todos los televidentes y radio escuchas que permanezcan en sus casas a la espera de la llegada de las fuerzas militares, quienes inmediatamente los llevarán a un lugar seguro. —Finalizaban cada transmisión.

Dichos agujeros se formaron violentamente después de intensos temblores que azotaron simultáneamente varias partes de la superficie terrestre, tragándose al formarse cuánto hubiese sobre ellos. Algunos de esos pozos eran pequeños, de apenas unos cuantos metros de diámetro, de ellos emergieron principalmente criaturas humanoides y aberrantes, de tamaño sólo un poco mayor que el de una persona; otros pozos eran enormes, alcanzando una circunferencia de varios kilómetros, era de estos últimos de donde salieron seres gigantescos, que eran los peores.

—Manténganse alejados de ellos en todo momento y eviten confrontaciones. No se les puede matar, repito, NO SE LES PUEDE MATAR.

Debido a su gran resistencia al daño, proveniente de su gruesa piel y ausencia de puntos vitales, en un principio se pensó que se trataba de criaturas invulnerables e inmortales; con el tiempo se comprobó que eso no era cierto, los sheitans eran seres vivos y, por lo tanto, era posible aniquilarlos.

—Se les ha categorizado en tres clases: Los “Humanoides” son sólo un poco más grandes que los humanos aunque mucho más robustos y muy desagradables de ver; se les puede reconocer por su apariencia, similar a la de un gorila pero descarnado, encorvado y de escaso pelaje. En su mayoría son bípedos; muy peligrosos debido a su ferocidad y abundancia; capaces de saltar grandes distancias y de alcanzar velocidades de casi 50 kilómetros por hora; además de tener también una fuerza y fortaleza muy superiores a la de cualquier animal de su tamaño conocido. Algunos tenían alas y podían volar por cortos períodos de tiempo.

Tenían la fuerza para destrozar el concreto y atravesar el metal con sólo unos cuantos zarpazos. Afortunadamente para la causa humana no se les pudo constatar mucha inteligencia, hecho que fuera la mejor arma en su contra.

—La segunda clase, los “Grandes”, los hay desde aquellos un poco mayores que una vagoneta familiar hasta otros más altos que una casa. En su mayoría usan sus cuatro extremidades para desplazarse tal y como hacen los gorilas. Su fuerza no tiene comparación con la de los pequeños.

Fueron ellos los que causaron la mayoría de los destrozos en las zonas urbanas. Eran tan grotescos como los pequeños.

—El tercer grupo son los “Gigantes”. Ellos salieron de los pozos de mayor tamaño; reposan entre los edificios por lo que pueden ser difíciles de ubicar a nivel de piso. Alcanzan decenas de metros de altura y es posible escucharlos a kilómetros de distancia ya que emiten un sonido desagradable parecido a un terrible lamento humano. Avanzan a paso lento. Por su gran tamaño son virtualmente invencibles pero también les impide ver lo que sucede inmediatamente abajo de ellos.

Se habían divisado pocos pero eran ellos quienes habían destruido la mayor parte de las zonas urbanas. Parecían mamíferos, con piel verrugosa y algo de pelaje marrón; muchos de ellos eran totalmente bípedos y no utilizaban sus brazos para apoyarse, lo que los hacía aún más imponentes. Despedían un olor fétido que, por fortuna, anunciaba su proximidad. Aunque muy diferente de ellos, a este grupo pertenecía el Dragón, la bestia de mayor tamaño que fuese vista en el oriente medio cuando todo inició.

Aunque por su apariencia parecieran demonios provenientes del infierno, los sheitans eran criaturas vivas, se les podía matar. Los humanoides podían ser aniquilados con armamento convencional, aunque se necesitaba de una considerable cantidad de municiones para ser derribados gracias a la combinación de su gruesa piel y la ausencia de suficientes puntos vitales en su organismo; la mayor parte de su cuerpo era músculo y hueso. Al igual que los humanos eran las cabezas los puntos más vulnerables al contener el cerebro, el cual estaba protegido por un cráneo tan resistente que era capaz de detener balas de gran calibre.

Inicialmente se intentó rescatar a los sobrevivientes, todos los días las fuerzas militares incursionaban en las ciudades y buscaban sacar con vida a cuantas personas fuese posible; pero cuanto más se adentraban en las urbes, más criaturas se encontraban y más difícil se volvían los rescates; las bajas de soldados y civiles eran cada día mayores y, poco a poco, la idea de salvar a los pobres citadinos fue descartada por inviable y “poco conveniente”, millones de personas fueron dejadas a su suerte.

Las armas nucleares fueron ineficaces, el ataque que se intentó mató muy pocas criaturas y la radiactividad resultante no les causó daño, pero sí que dejó un radio inhabitable de más de once mil kilómetros cuadrados en cada ciudad afectada, circunferencia que impedía a las fuerzas militares ingresar a combatirlas o cerrar el cerco eficazmente. Los sheitans proliferaron al no encontrar resistencia en la zona radiactiva, la contención, aunque fue intentada, no fue posible y decenas de miles de criaturas lograron dispersarse, escapando de las zonas identificadas y perdiéndose en el terreno alrededor, atacando todo a su paso.

Millones de elementos de infantería fueron desplegados alrededor del mundo con el objetivo de exterminar uno por uno a los sheitans. Tras poco tiempo de iniciados los combates, las fuerzas armadas comenzaron a sucumbir sin lograr hacer mella en los números de los demonios; la orden de retirada no llegaba.

A los afortunados que lograron ser evacuados se les llevó a diversos campamentos, ubicados en las zonas rurales y lejos de las áreas urbanas y de los puntos de propagación de sheitans; ofrecían a sus pobladores seguridad, alimento, organización e incluso, algunos de ellos, comodidades suficientes para resistir por tiempo indeterminado. Fueron levantados en granjas, escuelas, zonas boscosas o en lo alto de algunas montañas y otorgaban una seguridad mayor que la que se encontraba en sus contrapartes citadinas, los sheitans rara vez se aventuraban fuera de las ciudades; lamentablemente esto último estaba cambiando, las bestias comenzaban a esparcirse. Los campamentos más vulnerables montaban barreras o creaban pozos o barricadas; precaución que brindaba alivio meramente psicológico pues nada de eso era efectivo ante las criaturas.

La mejor oportunidad que cualquiera tendría de sobrevivir era ser trasladado a uno de los diecisiete mega-campamentos alrededor del mundo, cuidadosamente diseñados para resistir largo tiempo el impacto de grandes cataclismos. Habían sido construidos a priori como una medida de seguridad en caso de un evento de destrucción global. Estaban mejor protegidos que cualquier otro, en su construcción se aprovechaban recursos naturales como barreras protectoras por lo que la misma dificultad que los hacía de difícil acceso para una persona servía de mecanismo de defensa contra los sheitans. Eran autosustentables, contruidos en las zonas más remotas e inaccesibles del mundo: en medio de densos y frondosos bosques, en lo alto de las montañas más altas e inalcanzables, en zonas, ya fueran desérticas, ya sean heladas, muy distantes de la civilización. Tenían la capacidad de albergar y mantener a cientos de miles de sobrevivientes; contaban con energía eléctrica, agua, alimentos, medicinas y una seguridad impresionante. Era en esos campamentos donde la humanidad buscaba resistir el tiempo que fuese necesario, era a ellos a donde los gobernantes de todo el mundo huyeron para mantener funcionales sus operaciones. Eran indispensables en la lucha por la sobrevivencia, contaban con lo que quedaba del poderío militar mundial; se convirtieron en el sistema nervioso de la civilización, la última oportunidad de respuesta.

Era dentro de uno de los mega-campamentos más grandes y avanzados tecnológicamente, desde donde un nutrido grupo de personas se encontraba reunida alrededor de un sólo individuo que, al centro y bajo la constante atención de la concurrencia, parloteaba para ellos.

—El fin de los tiempos no es algo inmediato. —Dijo el predicador mientras se encontraba de pie sobre una butaca, lo suficientemente elevado para ver claramente a cada uno de los casi veinte oyentes que tenía a su disposición, quienes lo veían con interés. —No crean lo que se ve en las películas, la televisión o en los videojuegos; no es un interruptor como apagar la luz, no, es gradual; esto que estamos pasando, el fin del mundo, puede llevar años. Pueden estar tranquilos amigos míos, aquí podremos resistir, aquí podremos reconstruir.

El público parecía estar de acuerdo con el predicador, sus palabras no tenían claras intenciones, ya sea que buscaran causar pánico por una muerte lenta o esperanza de salir adelante de un evento de extinción masiva; la mayoría del público parecía tomarlo desde esta última perspectiva o al menos así lo aparentaban los susurros que se alcanzaban a distinguir, eso hasta que un extraño individuo alzó la voz e interrumpió al predicador.

— ¿Años? al ritmo que van las cosas nos quedan unos dieciocho meses de vida.


Obtén más información de El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, así como sus secuelas: El Programa GAMER – Tormenta de Fuego y El Programa GAMER – Infierno en la Tierra, desde su sitio web oficial o desde su página de Facebook:

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Espero que disfrutes de estas entregas de El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, si te gusta, no quieres esperar a que estas entregas culminen y quieres conocer la historia completa, puedes conseguirla en formato físico o digital, a un excelente precio en Amazon:

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27 Junio 2020 02:55:00
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans: Capítulo 1 – Parte 3 – Segundo mes
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, es el primer volumen de la trilogía El Programa GAMER, una historia de ciencia ficción juvenil en la que la pesadilla de muchos es el sueño de otros, pues el fin del mundo ha llegado, monstruos de las profundidades emergen para acabar con la humanidad, sin embargo un grupo numeroso de jóvenes se había preparado, sin saberlo, para enfrentar precisamente a ese tipo de oponentes.

Esos jóvenes son los videojugadores, más de dos billones de hombres y mujeres, de varios rangos de edad, que han salvado a la humanidad incontables ocasiones en simulación. Ellos han enfrentado grandes dificultades y encontrado la manera de salir airosos en combates contra demonios, invasores espaciales, zombies, nazis y criaturas celestiales.

Así sólo ellos están listos para luchar contra la amenaza que son las bestias conocidas como sheitans, pero hay un problema: Aunque sus mentes están preparadas para el combate sus cuerpos no lo están, por ello es necesaria una cuidadosa selección de aquellos videojugadores más aptos para esta lucha, a fin de alistarlos para la batalla de sus vidas, esta vez en el mundo real.

SEIS MESES EN EN FIN DEL MUNDO

No hubo muchas alternativas después del primer encuentro con “eso que salió de los pozos”; esas cosas, tan pronto vieron la luz del día, comenzaron a atacar a todo ser vivo a su alcance. Las ciudades, en especial las más grandes metrópolis, fueron con mucho las más afectadas; éstas eran en apariencia los objetivos primordiales de las criaturas que más adelante serían conocidas como sheitans, vocablo árabe para referirse al Diablo, y que fue adoptado debido a que el mundo cristiano rehusaba verse ligado a tales aberraciones.

—Los sheitans se han visto en varias formas y tamaños pero todos tienen cosas en común: son monstruosos, violentos y provienen de enormes agujeros en la tierra. —Se podía escuchar durante las transmisiones televisivas y de radio antes de que la señal dejara de transmitirse. —Se recomienda a todos los televidentes y radio escuchas que permanezcan en sus casas a la espera de la llegada de las fuerzas militares, quienes inmediatamente los llevarán a un lugar seguro. —Finalizaban cada transmisión.

Dichos agujeros se formaron violentamente después de intensos temblores que azotaron simultáneamente varias partes de la superficie terrestre, tragándose al formarse cuánto hubiese sobre ellos. Algunos de esos pozos eran pequeños, de apenas unos cuantos metros de diámetro, de ellos emergieron principalmente criaturas humanoides y aberrantes, de tamaño sólo un poco mayor que el de una persona; otros pozos eran enormes, alcanzando una circunferencia de varios kilómetros, era de estos últimos de donde salieron seres gigantescos, que eran los peores.

—Manténganse alejados de ellos en todo momento y eviten confrontaciones. No se les puede matar, repito, NO SE LES PUEDE MATAR.

Debido a su gran resistencia al daño, proveniente de su gruesa piel y ausencia de puntos vitales, en un principio se pensó que se trataba de criaturas invulnerables e inmortales; con el tiempo se comprobó que eso no era cierto, los sheitans eran seres vivos y, por lo tanto, era posible aniquilarlos.

—Se les ha categorizado en tres clases: Los “Humanoides” son sólo un poco más grandes que los humanos aunque mucho más robustos y muy desagradables de ver; se les puede reconocer por su apariencia, similar a la de un gorila pero descarnado, encorvado y de escaso pelaje. En su mayoría son bípedos; muy peligrosos debido a su ferocidad y abundancia; capaces de saltar grandes distancias y de alcanzar velocidades de casi 50 kilómetros por hora; además de tener también una fuerza y fortaleza muy superiores a la de cualquier animal de su tamaño conocido. Algunos tenían alas y podían volar por cortos períodos de tiempo.

Tenían la fuerza para destrozar el concreto y atravesar el metal con sólo unos cuantos zarpazos. Afortunadamente para la causa humana no se les pudo constatar mucha inteligencia, hecho que fuera la mejor arma en su contra.

—La segunda clase, los “Grandes”, los hay desde aquellos un poco mayores que una vagoneta familiar hasta otros más altos que una casa. En su mayoría usan sus cuatro extremidades para desplazarse tal y como hacen los gorilas. Su fuerza no tiene comparación con la de los pequeños.

Fueron ellos los que causaron la mayoría de los destrozos en las zonas urbanas. Eran tan grotescos como los pequeños.

—El tercer grupo son los “Gigantes”. Ellos salieron de los pozos de mayor tamaño; reposan entre los edificios por lo que pueden ser difíciles de ubicar a nivel de piso. Alcanzan decenas de metros de altura y es posible escucharlos a kilómetros de distancia ya que emiten un sonido desagradable parecido a un terrible lamento humano. Avanzan a paso lento. Por su gran tamaño son virtualmente invencibles pero también les impide ver lo que sucede inmediatamente abajo de ellos.

Se habían divisado pocos pero eran ellos quienes habían destruido la mayor parte de las zonas urbanas. Parecían mamíferos, con piel verrugosa y algo de pelaje marrón; muchos de ellos eran totalmente bípedos y no utilizaban sus brazos para apoyarse, lo que los hacía aún más imponentes. Despedían un olor fétido que, por fortuna, anunciaba su proximidad. Aunque muy diferente de ellos, a este grupo pertenecía el Dragón, la bestia de mayor tamaño que fuese vista en el oriente medio cuando todo inició.

Aunque por su apariencia parecieran demonios provenientes del infierno, los sheitans eran criaturas vivas, se les podía matar. Los humanoides podían ser aniquilados con armamento convencional, aunque se necesitaba de una considerable cantidad de municiones para ser derribados gracias a la combinación de su gruesa piel y la ausencia de suficientes puntos vitales en su organismo; la mayor parte de su cuerpo era músculo y hueso. Al igual que los humanos eran las cabezas los puntos más vulnerables al contener el cerebro, el cual estaba protegido por un cráneo tan resistente que era capaz de detener balas de gran calibre.

Inicialmente se intentó rescatar a los sobrevivientes, todos los días las fuerzas militares incursionaban en las ciudades y buscaban sacar con vida a cuantas personas fuese posible; pero cuanto más se adentraban en las urbes, más criaturas se encontraban y más difícil se volvían los rescates; las bajas de soldados y civiles eran cada día mayores y, poco a poco, la idea de salvar a los pobres citadinos fue descartada por inviable y “poco conveniente”, millones de personas fueron dejadas a su suerte.

Las armas nucleares fueron ineficaces, el ataque que se intentó mató muy pocas criaturas y la radiactividad resultante no les causó daño, pero sí que dejó un radio inhabitable de más de once mil kilómetros cuadrados en cada ciudad afectada, circunferencia que impedía a las fuerzas militares ingresar a combatirlas o cerrar el cerco eficazmente. Los sheitans proliferaron al no encontrar resistencia en la zona radiactiva, la contención, aunque fue intentada, no fue posible y decenas de miles de criaturas lograron dispersarse, escapando de las zonas identificadas y perdiéndose en el terreno alrededor, atacando todo a su paso.

Millones de elementos de infantería fueron desplegados alrededor del mundo con el objetivo de exterminar uno por uno a los sheitans. Tras poco tiempo de iniciados los combates, las fuerzas armadas comenzaron a sucumbir sin lograr hacer mella en los números de los demonios; la orden de retirada no llegaba.

A los afortunados que lograron ser evacuados se les llevó a diversos campamentos, ubicados en las zonas rurales y lejos de las áreas urbanas y de los puntos de propagación de sheitans; ofrecían a sus pobladores seguridad, alimento, organización e incluso, algunos de ellos, comodidades suficientes para resistir por tiempo indeterminado. Fueron levantados en granjas, escuelas, zonas boscosas o en lo alto de algunas montañas y otorgaban una seguridad mayor que la que se encontraba en sus contrapartes citadinas, los sheitans rara vez se aventuraban fuera de las ciudades; lamentablemente esto último estaba cambiando, las bestias comenzaban a esparcirse. Los campamentos más vulnerables montaban barreras o creaban pozos o barricadas; precaución que brindaba alivio meramente psicológico pues nada de eso era efectivo ante las criaturas.

La mejor oportunidad que cualquiera tendría de sobrevivir era ser trasladado a uno de los diecisiete mega-campamentos alrededor del mundo, cuidadosamente diseñados para resistir largo tiempo el impacto de grandes cataclismos. Habían sido construidos a priori como una medida de seguridad en caso de un evento de destrucción global. Estaban mejor protegidos que cualquier otro, en su construcción se aprovechaban recursos naturales como barreras protectoras por lo que la misma dificultad que los hacía de difícil acceso para una persona servía de mecanismo de defensa contra los sheitans. Eran autosustentables, contruidos en las zonas más remotas e inaccesibles del mundo: en medio de densos y frondosos bosques, en lo alto de las montañas más altas e inalcanzables, en zonas, ya fueran desérticas, ya sean heladas, muy distantes de la civilización. Tenían la capacidad de albergar y mantener a cientos de miles de sobrevivientes; contaban con energía eléctrica, agua, alimentos, medicinas y una seguridad impresionante. Era en esos campamentos donde la humanidad buscaba resistir el tiempo que fuese necesario, era a ellos a donde los gobernantes de todo el mundo huyeron para mantener funcionales sus operaciones. Eran indispensables en la lucha por la sobrevivencia, contaban con lo que quedaba del poderío militar mundial; se convirtieron en el sistema nervioso de la civilización, la última oportunidad de respuesta.

Era dentro de uno de los mega-campamentos más grandes y avanzados tecnológicamente, desde donde un nutrido grupo de personas se encontraba reunida alrededor de un sólo individuo que, al centro y bajo la constante atención de la concurrencia, parloteaba para ellos.

—El fin de los tiempos no es algo inmediato. —Dijo el predicador mientras se encontraba de pie sobre una butaca, lo suficientemente elevado para ver claramente a cada uno de los casi veinte oyentes que tenía a su disposición, quienes lo veían con interés. —No crean lo que se ve en las películas, la televisión o en los videojuegos; no es un interruptor como apagar la luz, no, es gradual; esto que estamos pasando, el fin del mundo, puede llevar años. Pueden estar tranquilos amigos míos, aquí podremos resistir, aquí podremos reconstruir.

El público parecía estar de acuerdo con el predicador, sus palabras no tenían claras intenciones, ya sea que buscaran causar pánico por una muerte lenta o esperanza de salir adelante de un evento de extinción masiva; la mayoría del público parecía tomarlo desde esta última perspectiva o al menos así lo aparentaban los susurros que se alcanzaban a distinguir, eso hasta que un extraño individuo alzó la voz e interrumpió al predicador.

— ¿Años? al ritmo que van las cosas nos quedan unos dieciocho meses de vida.


Obtén más información de El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, así como sus secuelas: El Programa GAMER – Tormenta de Fuego y El Programa GAMER – Infierno en la Tierra, desde su sitio web oficial o desde su página de Facebook:

https://elprogramagamer.com/

https://www.facebook.com/ElProgramaGAMER

Espero que disfrutes de estas entregas de El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, si te gusta, no quieres esperar a que estas entregas culminen y quieres conocer la historia completa, puedes conseguirla en formato físico o digital, a un excelente precio en Amazon:

https://www.amazon.com.mx/El-Programa-GAMER-Era-Sheitans-ebook/dp/B0863F8PR6/ref=sr_1_1?__mk_es_MX=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&dchild=1&keywords=el+programa+gamer&qid=1592011531&sr=8-1

20 Junio 2020 02:40:00
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans: Capítulo 1 – Parte 2 – La ciudad en llamas
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, es el primer volumen de la trilogía El Programa GAMER, una historia de ciencia ficción juvenil en la que la pesadilla de muchos es el sueño de otros, pues el fin del mundo ha llegado, monstruos de las profundidades emergen para acabar con la humanidad, sin embargo un grupo numeroso de jóvenes se había preparado, sin saberlo, para enfrentar precisamente a ese tipo de oponentes.

Esos jóvenes son los videojugadores, más de dos billones de hombres y mujeres, de varios rangos de edad, que han salvado a la humanidad incontables ocasiones en simulación. Ellos han enfrentado grandes dificultades y encontrado la manera de salir airosos en combates contra demonios, invasores espaciales, zombies, nazis y criaturas celestiales.

Así sólo ellos están listos para luchar contra la amenaza que son las bestias conocidas como sheitans, pero hay un problema: Aunque sus mentes están preparadas para el combate sus cuerpos no lo están, por ello es necesaria una cuidadosa selección de aquellos videojugadores más aptos para esta lucha, a fin de alistarlos para la batalla de sus vidas, esta vez en el mundo real.

Segundo mes

—¡NO PERMITAN QUE SE ACERQUEN! ¡DISPAREN, VAMOS, VAMOS, VAMOS!

Eran varias decenas de soldados que habían formado un cerco con vehículos, la mayoría de

ellos camionetas militares; disparaban desde adentro en contra de las bestias, les daban con todo lo que tenían y no les hacían nada, los monstruos seguían avanzando. Había fuego alrededor, los edificios estaban en llamas. La misión de estos hombres y mujeres era cortar el avance de las criaturas en medio de una de las avenidas centrales de la zona urbana, una avenida muy amplia, rodeada de altos edificios que empasillaban su ubicación, debían obtener tiempo, retenerlos todo lo que pudieran; sólo había un lugar de donde podría venir el ataque, por el frente; cientos de criaturas se acercaban a alta velocidad, salían de entre los incendios, intactas por las flamas; vieron siluetas de cosas enormes que se movían desde dentro de una pared de fuego, estaban asustados, era algo que no habían visto antes, algo que no creían fuese posible.

—¡NO TEMAN, SÓLO DISPAREN! ¡TÚ, LEVANTA ESA ARMA, DISPÁRALE A ESE MALDITO!

Comenzó a temblar, el suelo se resquebrajó, un soldado perdió el equilibrio y cayó; otro soltó su arma, todos se miraron, volvieron a ver a las bestias, estaban más cerca, los disparos habían cesado, esas cosas estaban ganando terreno; uno trató de levantarse, de volver a disparar, los temblores se intensificaron, los edificios a un lado cayeron; escombros llovían desde las alturas, un pedazo de concreto le aplastó la cabeza a un hombre, el casco quedó incrustado en su cráneo, los ojos se le habían salido, nadie más que un joven soldado lo notó. El suelo se hundió, se formó un agujero, luego otro, más criaturas emergieron, estaban ahí mismo, a metros de los soldados, entre ellos; pudieron verlos. Una criatura tomó a un robusto militar, lo vapuleó, lo movió con violencia y separó el torso de las piernas; otra estaba sobre un pobre desgraciado, la bestia hincó sus dientes en medio de su espalda, en su columna, la retiró como si fuera la de un pescado, sacándola casi completa de entre el cuerpo de ese sujeto, el hombre pudo vivir algunos segundos, más de los que hubiera deseado. Hubo más temblores, de mayor intensidad; después se formó un enorme pozo que se tragó a todos los soldados, todos sus vehículos, todo el equipo que llevaban; enormes criaturas continuaron emergiendo.

Había mucho ruido, de detonaciones de arma de fuego, explosiones, granadas que estallaban, bazookas que impactaban contra los muros, rugidos horribles de un sonido entonces desconocido, gritos humanos, motores que no arrancaban. En tierra camiones con torretas montadas de alto calibre disparaban sin detenerse en contra de cada criatura, circulaban por entre las calles, seseaban para evitar chocar contra las bestias que intentaban golpearlos con sus cuerpos, la mayoría lo conseguían; una criatura del tamaño de una casa fue a estrellarse en contra de una camioneta, la alcanzó por un costado y la mandó a volar por varios metros, chocando contra el pavimento. Otros vehículos subían montículos de escombro con gran dificultad, buscaban evadir las partes más atestadas, rodear a las bestias y colocarse en una mejor posición para disparar; se volvían blancos fáciles, los montículos los retenían demasiado tiempo, las bestias lograban rodearlos, sólo se escuchaban disparos durante algunos segundos, luego sólo rugidos. Un bugie iba muy rápido, tenía gran maniobrabilidad; el conductor era hábil, esquivaba a las criaturas, frenaba, cambiaba de dirección y volvía a correr a toda velocidad, sus acompañantes disparaban en contra de cada monstruo que veían, no lograban matarlos pero conseguían lastimarlos, hacerlos más lentos.

Había tanques, decenas de ellos, disparaban con todo lo que tenían, causaban tantos daños

a la ciudad como las criaturas; una y otra vez erraban sus disparos ya que las bestias eran muy rápidas, para cuando colocaban una en la mira y disparaban, el monstruo ya no estaba ahí. Un tanque M1 Abrams iba a toda máquina, acababa de disparar su cañón principal, al interior sus tripulantes intentaban recargar tan pronto pudieran, impactaron a una bestia, una enorme; se levantó el pavimento tras el vehículo, el tanque no pudo avanzar más, el monstruo lo detenía con su cuerpo, lo abrazaba, trataba de levantarlo, lanzaba zarpazos sobre el blindaje, logró atravesarlo. El cañón había quedado inutilizable, no había línea de disparo, no quedó más que accionar sus metralletas hacia el exterior, directo al cuerpo de la criatura; no le hacían nada, ni siquiera la hacían sangrar. Unas enormes garras atravesaron el tanque, penetraban cada vez más dentro de la cabina, cortó a un soldado por la mitad, todos quedaron cubiertos de sangre; la bestia abrió el vehículo como si fuera un cascarón, el resto de los soldados no pudo huir. Otro conductor de tanque los vio, disparó contra ellos, fue lo único que pudo hacer, a la bestia sólo la hirió superficialmente.

—¡Son demasiados, no les hacemos daño! —Estaba estupefacto, aturdido por el ruido, por los temblores; había bestias por todos lados, contó diez, veinte, luego cien, dejó de contar. Volteó a ver a sus compañeros, corrían como si no supieran a dónde ir, disparaban al este, cambiaban de dirección y ahora al norte; no fallaban, había tantos que, sin importar a dónde se disparase, acertarían a algo, pero eso no hacía diferencia.

Era como un tsunami que avanzaba destrozando todo a su paso, los disparos apenas y los ralentizaban; los soldados fueron obligados a replegarse, algunos corrían mientras otros disparaban; entraban a las casas, a los edificios, sacaron a cientos de personas; una vez afuera les ordenaron correr, había decenas de helicópteros de transporte, todos listos para despegar, hacia ellos debían de ir. Corrieron, cargaban niños, mascotas, objetos de valor que no pudieron o quisieron dejar. Una mujer tropezó, nadie la notó; cayeron niños, bebés, todos fueron dejados atrás, la multitud no paraba de correr, nadie pensaba en ayudar a otros.

Sólo pasaron unos minutos y los helicópteros comenzaban a despegar, estaban tan cargados como les era posible; cientos de personas no alcanzaron lugar, gritaban, lloraban. Muchos trataron de sujetarse a cualquier parte de las aeronaves, eran empujados por los soldados, caían de vuelta al piso. Las criaturas les dieron alcance mientras despegaban, pudieron huir, vieron desde las alturas como todos los rezagados eran destazados; gracias a ellos fue que pudieron escapar, las bestias estaban ocupadas con tanta gente que ignoraron los helicópteros. La ciudad ardía, estaba en llamas, el humo tenía una tonalidad rojiza, olía terrible, a sulfuro y carne quemada; en el aire el cielo se oscureció, cientos de helicópteros salían de la metrópoli mientras ésta desaparecía lentamente en el fuego.

Tercer mes

—¿Cómo se atreve a proponer algo así?

—¡Esa ciudad está perdida, igual que todas las demás! ¿Qué no lo ven? ¡Debemos volar esas cosas!

—Pero… hay tanta gente.

—Evacuamos a tantos como pudimos, ya no podemos volver a entrar, esas personas ya

están muertas. ¡Maldición, me sorprendería si quedaran más de mil!

—No puedo aprobar una medida así.

—¡Señor Presidente, es lo único que nos queda por hacer!

Volteó a mirar una gran pantalla, estaban en teleconferencia; distintos mandatarios dialogaban entre sí, todos tenían el mismo problema y todos buscaban una solución definitiva. Uno de ellos, iracundo como pocos, antiguo enemigo de la mayoría de sus ahora aliados, proponía su solución final. —“Cobardes”. Pensaba al ver cómo sus contrapartes dudaban ante una elección tan obvia.

—Un ataque nuclear a nuestras ciudades, sólo eso nos queda.

La elección no fue fácil, no vieron mejor alternativa, eran ciudades arrasadas por las criaturas, no podían seguir enviando soldados a su muerte en su intento de sacar a más personas. Se dio la orden de ataque, bombardearían las tres ciudades más afectadas, luego harían lo mismo con el resto.

—“Aléjense de la zona cuanto antes, llegarán dentro de poco”.

Los soldados recibieron la llamada que esperaban desde hace tres meses, la orden de retirada.

—Finalmente esos idiotas comprendieron que no podemos hacer nada contra esas cosas, hasta que actúan. —Decía un soldado quejoso, fue el primero en recoger sus cosas y montarse en el camión.

Todos se movieron rápido, levantaron el centro de mando en pocos minutos. Era de día, esas cosas no salían tanto durante el día, quizá les incomodaba la luz del sol; aunque las noches eran un verdadero infierno.

Escuchaban disparos lejanos, algún compañero se defendía de una criatura, no se escuchaban esos ruidos, los que esas cosas hacían, seguramente era una bestia solitaria.

Voltearon a ver por última vez la ciudad, la más famosa del mundo, una de las más grandes y, por lo mismo, más arrasadas por las bestias. Sus enormes edificios ardían al centro, siluetas descomunales se veían caminando entre las llamas. Las fuerzas militares habían tratado de recuperarla, de rescatar a las miles de personas que permanecían en ella; lucharon los últimos tres meses y no lograban recuperar terreno, lo contrario, cada día debían replegarse más y más. Por fin la habían dado por perdida, esa ciudad ya no existiría más, tampoco esas cosas que la estaban destruyendo.

—“Que al menos tengan una muerte rápida”. —Pensó uno de los soldados al recordar los rostros de esas personas que no pudo sacar, las había visto refugiadas dentro de un edificio departamental, no habían podido pasar a las bestias que deambulaban afuera.

Se montaron en camionetas y partieron rápido, dejando atrás las tiendas de campaña, torretas, comida, municiones; no querían perder demasiado tiempo, debían alejarse tanto como pudieran, sólo contaban con algunas horas antes de la llegada de las bombas, antes de que todo acabara.

Las horas transcurrieron, el cielo se iluminó, tres ciudades desaparecieron por completo.

—Envíen los “drones”. —Dijo el disgustado Presidente, no se quitaba las manos del rostro, no se atrevía a ver a nadie. —Más vale que esas cosas estén muertas.

Desplegaron cientos de pequeños “drones” que transmitían con sus cámaras la imagen

apocalíptica esperada, edificios derribados, calles repletas de escombros, fuego por doquier.

—Los veo… están muertos, hay algunos cuerpos… no, esperen, algo se mueve.

Esas cosas salían de los restos de las edificaciones, de nuevos pozos en el suelo que se iban formando; caminaban la ciudad devastada, se erguían triunfantes; algunos encontraban restos humanos carbonizados, los devoraban, ahora tenían mucha comida, ya no habría que buscarla. La ciudad ahora era suya.

—¡Maldición! No les pasó nada… Cancelen el resto de los ataques.

—Que regresen… No dejen que salgan de ahí.

Fue la combinación de fisionomía, entonces desconocida, de las criaturas y el hecho de que gustaban construir sus madrigueras muy profundo bajo tierra, lo que les permitió soportar los bombardeos. La terrible e ineficaz acción para destruir al enemigo más adelante sería recordada como “El Gran Error”. La idea de otro ataque de esa magnitud quedaba descartada mientras no se conociera más acerca del oponente al que se estaban enfrentando, para ello era necesario tiempo y ese transcurría sin ver resultados.

Continuará…

Obtén más información de El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, así como sus secuelas: El Programa GAMER – Tormenta de Fuego y El Programa GAMER – Infierno en la Tierra, desde su sitio web oficial o desde su página de Facebook:
https://elprogramagamer.com/ https://www.facebook.com/ElProgramaGAMER

Espero que disfrutes de estas entregas de El Programa GAMER – La Era de los Sheitan
13 Junio 2020 04:00:00
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans: Capítulo 1 – Parte 1 - Antes del Apocalipsis
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, es el primer volumen de la trilogía El Programa GAMER, una historia de ciencia ficción juvenil en la que la pesadilla de muchos es el sueño de otros, pues el fin del mundo ha llegado, monstruos de las profundidades emergen para acabar con la humanidad, sin embargo un grupo numeroso de jóvenes se había preparado, sin saberlo, para enfrentar precisamente a ese tipo de oponentes.

Esos jóvenes son los videojugadores, más de dos billones de hombres y mujeres, de varios rangos de edad, que han salvado a la humanidad incontables ocasiones en simulación. Ellos han enfrentado grandes dificultades y encontrado la manera de salir airosos en combates contra demonios, invasores espaciales, zombies, nazis y criaturas celestiales.

Así sólo ellos están listos para luchar contra la amenaza que son las bestias conocidas como sheitans, pero hay un problema: Aunque sus mentes están preparadas para el combate sus cuerpos no lo están, por ello es necesaria una cuidadosa selección de aquellos videojugadores más aptos para esta lucha, a fin de alistarlos para la batalla de sus vidas, esta vez en el mundo real.

Espero que disfrutes de estas entregas del libro El Programa GAMER – La Era de los Sheitans

Obtén más información de El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, así como sus secuelas: El Programa GAMER – Tormenta de Fuego y El Programa GAMER – Infierno en la Tierra, desde su sitio web oficial o desde su página de Facebook:
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Antes del Apocalipsis

—El Libro del Apocalipsis es por supuesto una metáfora, una alegoría; en ningún momento se asegura que algo así pudiera suceder, es algo que todas las religiones han…

—¿Pero entonces por qué tantos detalles en cómo se ve el dragón, la marca de la bestia y los mares expulsando a sus muertos?

El moderador del programa de debate era famoso por interrumpir bruscamente a sus invitados, el programa de hoy: “Apocalipsis, destino o leyenda”; tenía como panelistas a diversos teólogos, filósofos y religiosos de diversas creencias. Al momento de la emisión todas las fechas predichas por profetas habían transcurrido como cualquier otro día y los temas sobre el fin de los tiempos eran cada vez menos populares; tantos apocalipsis habían “sucedido ya” que el interés estaba por los suelos.

—De eso es de lo que trata una metáfora. —Indicó el invitado católico. —La idea del dragón representa al mal de grandes proporciones, una figura grotesca, aberrante e imponente que engulle todo lo bueno a su alrededor. —Comentó mientras la cámara se centraba en su curtido rostro y la pantalla mostraba su nombre al lado de cuantiosos logros académicos en estudios sobre teología.

—¿Me dice que todo lo que pregonan sus libros es en sentido figurado? ¿Para qué pasar todo el tiempo portándonos bien si…

El moderador no tuvo ocasión de terminar su apunte, la transmisión fue súbitamente interrumpida; los televidentes desde sus casas sólo veían el temido Sistema de Transmisión de Emergencia, una imagen conocida de sobra en películas que tratan de desastres a gran escala.

—ESTO NO ES UNA PRUEBA, POR FAVOR MANTÉNGASE EN SINTONÍA.

—ESTO NO ES UNA PRUEBA, POR FAVOR MANTÉNGASE EN SINTONÍA.

—ESTO NO ES UNA PRUEBA, POR FAVOR MANTÉNGASE EN SINTONÍA.

En el estudio de grabación nadie sabía realmente qué estaba sucediendo y asumían se trataría de algún problema técnico; tras algunos minutos de duda en los que no encontraron indicios de problemas locales, los elementos del staff comenzaron a alterarse y mostrarse desesperados al ir recibiendo, cada uno por diversos medios, noticias sorprendentes; su estado de inquietud llegó a alarmar a los invitados quienes finalmente decidieron preguntar qué ocurre.

—Recibimos un parte informativo de nuestras agencias… algo está pasando, algo grande. —Comentó el jefe de piso, visiblemente alterado. —Aún buscamos confirmación de otras fuentes pero parece que se abrieron enormes agujeros en el suelo.

—¿Un terremoto? —Preguntó el invitado judío.

—Más bien varios simultáneos, todos en diferentes partes del mundo, muchos en zonas que

no son sísmicas.

—Bueno, ¿y acaso es tan grave? —Preguntó el invitado musulmán. —¿Qué partes se han visto afectadas?

El jefe de piso pareció ignorar la pregunta al recibir por radio un comunicado.

—Esto parecerá una locura, —sudaba y hablaba casi emitiendo un chillido. —Me informan que algo está saliendo de los pozos, bueno, varias, eh, cosas.

El rostro del jefe de piso se veía pálido, sin embargo se le podía reconocer una especie de incredulidad debido a una extraña sonrisa que le deformaba la cara, lo que fuese que estaba ocurriendo no parecía ser cierto de acuerdo a su forma de expresarse, una mezcla de ansiedad y emoción morbosa. Sus ojos se veían vacilantes, parecía que buscaba en los rostros de los invitados alguna guía que le indicara si lo que estaba leyendo en sus reportes, mismos que no había aún compartido con alguno de ellos, podría ser una realidad.

El presentador del programa había estado misteriosamente callado desde la interrupción de su show, contrario a su costumbre no se veía muy inclinado a participar en el debate; aquellos que lo conocían sabían que su personalidad en pantalla no era igual a su personalidad real, sin embargo no por eso era menos curioso.

—Anda hombre, ya dinos qué sucede. —Su voz era calma pero su rostro estaba tenso.

—Es que es imposible… las fuentes dicen que de los pozos están saliendo seres, animales, gigantes, monstruosos… Parece cosa de película… es increíble.

El grupo se quedó en silencio algunos segundos, más de uno trató de contener alguna risa.

—Hablan de una criatura enorme, parecida a un dragón. —Dijo estas últimas palabras casi sonriendo debido al tema que estaban tratando previamente y al irónico momento en que la transmisión se detuvo, sin embargo era difícil decir si lo hacía de ese modo por algún tipo de miedo o si realmente le causaba risa el asunto. Todos los invitados guardaron silencio por algunos instantes, mirando cada uno los ojos nerviosos de sus colegas. En ese tiempo se pudo sentir mejor el ambiente general del estudio, el cual pasaba gradualmente de la incredulidad inicial a un claro temor conforme más información llegaba al estudio.

—Pues bien, —dijo el invitado católico con cierto aire de ironía y sin revelar muchas emociones de su parte, serio como retrato al óleo se encontraba al decir: —¿Quién lo hubiera visto venir.

Capítulo 1 La ciudad en llamas

Primer mes

—No veo nada afuera.

Hablaba en voz muy baja, casi un susurro; la temperatura era fresca y aun así sudaba, comenzaba a caer la noche. Veía hacia la calle, por detrás de las cortinas, de frente a una pequeña ventana redonda del ático, bastante retirado de ella, lo suficiente para no ser visto desde afuera; la calle estaba desierta, nadie caminaba, ningún vehículo la transitaba; conocía bien esa calle, pasaba por ahí todos los días, solía estar tan llena de vida; repleta de niños corriendo que se divertían jugando a la pelota, jóvenes que paseaban a sus mascotas, hombres mayores que arreglaban sus jardines, podaban rosales y sacaban la basura, amas de casa que bajaban bolsas de víveres de sus coches, saludaban a sus vecinos o regañaban a los niños por cruzar con imprudencia; ahora le parecía tan distinta, tan sola, muda, muerta.

—Nadie viene.

Veía hacia afuera incrédulo, ¡apenas ayer era tan diferente! Estaba dentro de una cómoda y espaciosa residencia, un lugar privilegiado al que pocas personas podrían acceder; el interior estaba a oscuras. No se encontraba solo, unas cuantas personas más lo acompañaban; todos eran vecinos.

—Ellos dijeron que vendrían a evacuarnos, ¿qué sucede, por qué no vienen? —Decía una mujer, también susurraba; las manos le temblaban, deseaba fumar un cigarro pero nadie se lo permitía.

Llevaban ahí desde la noche anterior, en poco tiempo se cumplirían veinticuatro horas, hacían lo único que podían, lo que pensaban era la mejor opción, obedecían las indicaciones que vieran por televisión: —“Resguárdense en sus casas, no salgan por ningún motivo, la ayuda va en camino”. —Era lo que repetían una y otra vez los presentadores; ya no había energía eléctrica, no tenían forma de saber si las indicaciones habrían cambiado, quizá ya no había nadie.

—¡No ha pasado ni un día! —Decían para tranquilizarse, claro que algo debía de estarse haciendo, la ayuda tendría que llegar.

Siguieron esperando, veían sus teléfonos móviles, los mantenían apagados para ahorrar energía, algunos los encendían para tratar de hacer una llamada o revisar el internet, pero no había ninguna señal.

Conforme más oscurecía, más era perceptible ese lejano brillo anaranjado que vieran desde la noche anterior, un brillo que cada vez se hacía más grande. Eran incendios, enormes, descontrolados, que engullían las siluetas de los edificios en el horizonte; icónicas construcciones que fueran el punto de referencia de su ciudad, cuya vista desde los suburbios le recordaba a los habitantes sobre el barullo que se vivía en ella; solían observar la metrópoli desde sus balcones, mientras bebían algún caro licor y sonreían por la vida tan cómoda, tan hermosa que llevaban aquellos privilegiados; los edificios estaban ahora envueltos en llamas que alcanzaban ya los cerros que circundaban la urbe, todo ardía. Estaban lejos, hace unas horas lo estaban más, los incendios crecían y las llamas cada vez se acercaban más a la periferia; se escuchaban sirenas muy lejanas; pronto no quedaría nada, debían ser rescatados cuanto antes.

Un nuevo sonido, diferente, orgánico; como una voz de hombre en medio de un lamento, le siguió otro, y otro más, comenzaba a escucharse más fuerte, no eran hombres, eran esas cosas, eso que salió de los pozos.

—¡Se acercan!

—¿Los ves?

—¡Los escucho!

Cerraron los ojos, el sonido se intensificó; lloraban abrazados, escondían sus rostros entre sus manos. Alguien miró hacia afuera.

Cosas horribles, enormes se acercaban a alta velocidad, las más pequeñas saltaban entre los tejados de las casas, como monos colgándose entre las ramas; las más grandes derribaban las viviendas y hacían estallar los vehículos estacionados; eran criaturas espantosas. Todos guardaron silencio, contuvieron la respiración, escucharon otro sonido, uno de motor, un helicóptero, más de uno.

—¡DISPAREN!

Ruido de detonaciones, aullidos de dolor y furia; tres helicópteros militares abrían fuego desde el aire contra aquel grupo de criaturas; las balas destrozaron la calle, hicieron estallar los cuidados jardines, pero a esas criaturas no les hacían nada, era como si no les importara el daño que recibieran, como si no pudieran sentirlo; el joven no dejaba de observar, las bestias recibían los impactos como las esponjas al agua, ni siquiera reaccionaban, los helicópteros volvían a abrir fuego, no tenían más ideas.

Una criatura saltó desde un tejado y logró introducirse en una de las aeronaves, el chico no dejaba de observar, no lo comentaba, no le decía nada a nadie, el helicóptero comenzó a girar sin control, casi derribó a unos compañeros; fue a estrellarse contra una casa, una que estaba habitada; el ruido de la explosión hizo que los acompañantes del chico se estremecieran, pensaron que estaban acabados, abrieron los ojos, se dieron cuenta que seguían vivos, lloraron más.

Se sintió calor; humo y llamas, un incendio rodeaba la zona habitacional, ¿de dónde habrá salido? El fuego se intensificó, alcanzó las viviendas y los engulló a todos, no quedó nadie a quien rescatar, la batalla de afuera no tenía más sentido, los helicópteros se marcharon dejando bajo ellos un enorme incendio fuera de control y decenas de criaturas monstruosas que entraban y salían de entre las llamas.

Continuará…

Fragmento del libro El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, es el primer volumen de la trilogía El Programa GAMER
28 Octubre 2019 01:51:00
Deshojando libros: Guerra Mundial Z
Los zombies y la literatura no suelen ser una combinación frecuente pero ello cambió en el 2006 cuando Max Brooks, el hijo del famoso comediante de cine, Mel Brooks, publicó esta novela cuyo nombre seguro ya habrás escuchado.

No dudo que tu conocimiento de Guerra Mundial Z se haya construido principalmente alrededor de la película protagonizada por Brad Pitt, sin embargo la novela NADA tiene que ver con la película y sólo el nombre las une.

La novela Guerra Mundial Z no es como te la imaginas. No se trata de las aventuras de un héroe, de cabello sedoso y cuerpo perfecto, que busca la cura contra la zombificación que ha decimado al planeta, Guerra Mundial Z va más allá de eso, mucho más allá.

Trata acerca del FINAl de la guerra contra los zombies, en un mundo DESPUÉS de la epidemia que, en películas, devuelve a la civilización a la era medieval (como pudimos ver en The Walking Dead). Guerra Mundial Z es un compendio de micro-relatos consistentes en entrevistas que un personaje, el narrador, hace a diversos sobrevivientes del apocalipsis zombie, sobrevivientes cuyas experiencias son completamente dispares y desconectadas, y algunas sumamente entretenidas.

La novela recoge relatos desde el comienzo de la epidemia, en algún lugar en China, con el primer infectado, siguiendo con las primeras horas del brote, las famosas cortinas de humo del gobierno, la propagación del ¿virus? Alrededor del mundo vía los aeropuertos, los intentos por enfrentar a los muertos vivientes mediante múltiples estrategias, la aventura de alguna persona que sobrevivió largas horas oculta en un armario mientras escuchaba a los muertos pasear afuera de su casa; las experiencias de soldados sobrevivientes y su narración de cómo sufrieron para detener las hordas, etc. Incluso narra la situación del mundo una vez la guerra ha terminado, cuando aún se encuentras zombies pudriéndose aquí y allá, emergiendo del mar al ser arrastrados por la marea.

Como puedes ver esta novela dista mucho del aire novelesco tradicional al no tener una “trama” en particular sino que está compuesta por múltiples historias, unidas únicamente por la tragedia que ocurre en todo el mundo, que es el hecho de que los muertos se han reanimado y consumen la carne de los vivos.

El enfoque de los relatos es, asimismo, muy variado, ello pues cada uno de los “entrevistados” vivió el apocalipsis zombie de una manera particular, no es lo mismo la experiencia del veterano de guerra que la que tuvo la enfermera de un pequeño poblado retirado, donde la amenaza zombie fue más bien “escuchada” que vivida. Ese enfoque le da a esta historia un dinamismo especial pues se siente como una antología de televisión, dividida en cortos capítulos, que una larguísima historia.

Pero no te confundas pues Guerra Mundial Z sí es larga, con más de 500 páginas, se trata de una novela bastante gorda, y extrañamente es uno de los libros más sencillos de leer con que me he topado. Gracias al formato de entrevista/testimonio, las más de 500 páginas pasan a gran velocidad y poco tardas en terminar una novela que, créeme, desearías hubiese sido más larga.

No te dejes engañar por la genérica película que seguro viste bajada de algún sitio de películas pirata, Guerra Mundial Z es una novela más que digna de tu atención, súper recomendable para aficionados a la literatura apocalíptica, de ciencia ficción, de terror y, en especial, para todo aquel que guste de las historias de zombies.

Guerra Mundial Z es una novela que te recomiendo leas en este mes de brujas (octubre 2019). Si te interesa puedes obtenerla a un excelente precio a través de este enlace.
17 Octubre 2019 03:30:00
Deshojando libros: El Juego de Ender
Es probable que el título de esta novela te sea familiar, quizá habrás visto la cinta de 2013, El Juego de Ender, esa en la que sale Harrison Ford. Pues bien esa cinta, la cual tiene cierta similitud en concepto con Harry Potter, viene de una novela de 1985 del mismo nombre, escrita por Orson Scott Card.

El Juego de Ender trata acerca de Andrew Wiggin, un niño que sufre de frecuentes problemas en la escuela debido a que parece que obstáculos le son colocados de forma intencional para causarle daño; sensación que resulta ser cierta pues Andrew (Ender, pues su hermana mayor no sabía decirle Andrew y se le quedó el apodo) es un niño genio que está siendo sometido a constantes pruebas, ello sin él saberlo, pues se cree que tiene una capacidad natural para la táctica militar, misma que le permitirá a la humanidad vencer en la guerra intergaláctica contra los Insectores, una raza parecida a insectos que amenaza por segunda ocasión a la raza humana.

Debido a que, efectivamente, Ender es capaz de superar las pruebas que se le presentan, es reclutado para formarse en la escuela militar, donde nuevamente será sometido a un duro entrenamiento, similar a juegos (de ahí el nombre de la novela) para que Ender esté listo para liderar el contraataque contra los Insectores.

Sin embargo las cosas no son lo que parecen.

En El Juego de Ender la historia ocurre en un futuro avanzado, en el no tan lejano 2070 (llámame loco pero dudo que en 50 años lleguemos a la tecnología que es mostrada en la novela), un futuro donde los viajes intergalácticos a la velocidad de la luz, las armas de rayos láser y la tecnología gravitacional son ya usuales. En este mundo, debido a la sobrepoblación, a las familias sólo se les permitía tener dos hijos; para los Wiggin Ender es el tercero, concebido por un permiso especial debido a que sus dos hermanos mayores, Peter y Valentine, también resultaron ser genios aunque con carencias. Así el gobierno esperaba que Ender lograra la estabilidad que sus dos hermanos mayores no consiguieron.

De ese modo en El Juego de Ender nos encontramos con algunas historias paralelas: En primer lugar el entrenamiento de Ender a fin de luchar contra los Insectores (que es la trama principal) mientras que en la tierra sus hermanos Peter, quien es, a falta de una mejor palabra, un narcisista manipulador que desea el poder; y Valentine, quien es totalmente lo opuesto (demasiado sensible y delicada), se enfrascan en una campaña por el poder mediante… Redes Sociales (aunque para ser honestos, en aquel tiempo no existían las redes sociales por lo que podemos considerar que Orson Scott Card de algún modo pudo prever lo que actualmente vivimos).

El Juego de Ender es una novela de ciencia ficción que resulta sumamente divertida; es entretenido ver las diferentes formas en que Ender logra superar los obstáculos que le son presentados y el dolor que siente al tener que soportar el peso de la humanidad sobre sus hombros.

Por otro lado la historia de los hermanos de Ender resulta poco creíble pese a anteceder a los tiempos que vivimos actualmente en el que los medios electrónicos parecen controlarnos, con lo que dos chavitos, de menos de 14 años, convirtiéndose en líderes mundiales debido a sus comentarios en redes sociales, resulta una píldora difícil de tragar.

Sin embargo la estructura general de la novela, así como su impactante final, dan un muy agradable sabor de boca para cualquiera que lea El Juego de Ender, una novela que originó toda una saga que actualmente sigue produciéndose.
16 Septiembre 2019 03:06:00
Deshojando libros: Metro 2033
La ciencia ficción es un género muy popular en la literatura europea pero que no ha logrado alcanzar la misma penetración en el mercado latinoamericano, un mercado en el que parece que el lector sólo desea verse a sí mismo reflejado en las obras artísticas, en otras palabras, desea ver su vida puesta ante él. Eso podría explicar por qué grandes novelas completamente disparatadas no alcanzan su lugar en el corazón de los lectores hispanoparlantes.

Pero la ciencia ficción tiene una calidad que vale la pena reconocer y es por eso que hoy les traigo esta extraordinaria novela de ciencia ficción llamada Metro 2033.

Metro 2033 es una novela apocalíptica rusa, escrita por el periodista Dmtry Glujovski y publicada en el año 2002, la cual ganó bastante notoriedad en su medio local gracias al internet y que logró suficiente fama para alcanzar un contrato con la editorial Timunmas y obtener la traducción a varios idiomas, entre ellos el español, y para convertirse en un videojuego lanzado en el año 2009 para el Xbox 360.

Trata acerca de una guerra nuclear que acaba con la humanidad, sólo aquellos afortunados que se encontraban tomando el metro tuvieron la “dicha” de sobrevivir, pues los túneles de metro en Rusia estaban construidos a maneras de búnkeres, ello gracias a la paranoia propiciada por la Guerra Fría.

En los túneles sobrevive lo que queda de la población rusa, quienes se han adoptado a su nuevo estilo de vida subterráneo estilo morlock, subiendo a la superficie únicamente para obtener recursos, arriesgando la vida en ello al enfrentar no sólo a la radiación sino también a terribles criaturas mutantes.

Pero los monstruos no sólo se encuentran caminando la tierra abandonada, pues la propia humanidad ha llevado la guerra bajo tierra y diferentes facciones luchan por el control de la red de metro y la imposición de su visión de cómo habrían de ser las cosas, siempre para el bien de unos pocos.

En medio de todo ello se encuentra Artyom, un muchacho que ha crecido en el metro y que no alcanzó a conocer mucho de la superficie. Artyom se topará con una especie nueva y aterradora de seres oscuros que diezman su pequeña aldea, por lo que iniciará un peligroso viaje por los túneles del metro, en guerra a causa de las diferentes facciones, con tal de avisar a lo que queda del gobierno acerca del verdadero enemigo, ese que viene de afuera y que acabará con todo.

El mundo subterráneo del metro es un ambiente desolado, opresivo, triste, donde los sobrevivientes se alimentan de hongos, ratas y algunos malnutridos cerdos que han logrado criar; sus ojos se han adaptado a la oscuridad mientras que los supervivientes más viejos recuerdan los días en que los rayos del sol bañaban sus cuerpos y se alimentaban con golosinas imposibles de recrear con los pocos recursos del subsuelo.

Metro 2033 hace una crítica a la naturaleza segregacionista del ser humano, a su búsqueda de ideologías, de pertenencia; a su deseo por destruir aquello que es diferente. Es un libro apasionante que encantará a cualquiera que sea fan de las visiones apocalípticas, la guerra y los monstruos. A momentos terrorífico y otros tantos opresivo, Metro 2033 es una novela que merece un mayor reconocimiento y que seguramente disfrutarás mucho de leer si le das esa oportunidad que tanto merece.

Puedes obtenerla en formatos físico y digital a través de Amazon en el siguiente enlace:

Metro 2033 (Volumen independiente nº 1)



09 Septiembre 2019 03:04:00
Deshojando libros: Ready Player One
Vivimos una época de nostalgia que nos hace amar todo aquello que surgiera en los tiempos en que fuimos niños. Recuerdo con nostalgia como, durante mi infancia, los medios trataban de retomar la estética de los 60 en series de televisión como Los Años Maravillosos. Pues bien ahora es mi generación la nostálgica y los 80 ocupan el lugar que alguna vez otras décadas tuvieron en los diferentes medios.

Ready Player One es una novela producto de esa nostalgia. Escrita por el estadounidense Ernest Cline, trata acerca de un futuro distópico en que un videojuego los gobierna a todos, un videojuego donde todos los géneros convergen, donde no necesitas salir de ese mundo para realizar otra actividad. Es el mundo de Oasis, un juego de potencial infinito que ha atrapado las mentes y cuerpos de todos, un mundo donde ya no existe quien no juegue.

Contrario a lo que pudiera parecer esta historia, no trata de videojuegos propiamente dicho sino más bien del fanatismo hacia ellos. En RPO Oasis ha tomado el control de las vidas de todos y es por ello que absorbe un poder incomparable (justo como Facebook hoy en día). Al estar todos jugando, Oasis se convierte en la principal fuente de ingresos, de comunicación y de entretenimiento. Así el público es cautivo y Oasis representa una mina de oro que se desea controlar.

Pero el creador de esa mina de oro era un “anti establishment”, un hombre que no deseaba el control, sólo quería jugar. Este hombre ha dejado un concurso al morir, uno en que ha escondido un premio (dentro de Oasis) y en el que, quien encuentre las pistas y dé con el premio obtendrá el control total de Oasis, el control del más grande medio de la historia.

Por ello se genera una verdadera guerra virtual donde facciones, empresas y jugadores independientes corren apresurados buscando ser los ganadores y controlar ese mundo infinito.

Esa es la historia de Wade Watts, un joven nerd como cualquiera, obsesionado con los videojuegos y con la cultura pop que los ha creado. Wade piensa que él es capaz de encontrar el premio por sí solo, y quizá podría de no ser por sus enemigos que desean lo mismo y que están dispuestos a matar para obtener el control de Oasis.

Esa es la historia de Ready Player One, una novela que me recuerda mucho en su formato a El Código Da Vinci, ello por el sentido de la búsqueda de pistas, algunas bastante revueltas, que tienen como objetivo la obtención de un gran premio. Es una novela de aventuras y ciencia ficción con un claro mensaje en contra de la opresión y el control monopólico de las empresas. Sin embargo también es una carta de amor a la cultura pop con la que el autor creció.

Ernest Cline menciona una y otra vez películas, música y videojuegos de finales de los 70 e inicios de los 80, ello incluso hasta volverse algo molesto. Sin duda mueve las fibras nostálgicas de aquellos que crecieron en esas épocas y que pueden verse reflejados en los viejos tiempos del vinil, la imitación de madera (aún presente en el IMSS) y la música hippie.

Como toda historia de aventuras, en Ready Player One hay acción, romance, suspenso, misterio y todo lo demás que le gusta al público juvenil. Es una historia que me gustó bastante, consumí en pocos días las más de 500 páginas que la componen, siempre identificando referencias y remontándome a los viejos buenos tiempos.

Ready Player One no es una novela tan fantasiosa pues, en la década de los 80, un videojuego, Sword Quest, realizó un concurso similar en el cual los videojugadores debían encontrar pistas en el juego, de Atari 2600, a fin de hacerse acreedores a premios que eran verdaderas joyas, y digo verdaderas en el sentido más estricto pues los premios consistían en una corona, una copa y una espada, todo de oro y con incrustaciones de gemas preciosas. Ernest Cline basó su historia en este evento jamás concluido del pasado de los videojuegos.

Recomiendo mucho Ready Player One a todo aquel que sea fan de la ciencia ficción, los videojuegos o las aventuras cinemáticas tipo Indiana Jones. Es ideal para el público joven y le hablará directo a la nostalgia al público adulto. Puedes conseguirla a muy buen precio haciendo clic en el siguiente enlace.

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